VISOR NAYARITA: ¿QUÉ GOBIERNO MERECE EL CIUDADANO?

Lic. Francisco Pérez Gómez

En plática sostenida con amigos provenientes del vecino país del norte, elucubrábamos sobre los distintos males que se presentan en todos los ámbitos de nuestro país, principalmente los de la corrupción e impunidad, apocalípticos jinetes que cabalgan briosos y gozosos en nuestro país. En dicha charla salió a relucir la frase contemplada en el libro bíblico Eclesiástico 10:2-5, que a la letra dice: “Todo pueblo tiene el gobierno que se merece. Cuando el rey es ignorante, el pueblo acaba en la ruina; cuando el rey es sabio, el pueblo prospera. Dios tiene en sus manos el poder de gobernar este mundo, y el poder de nombrar gobernantes. Cuando llega el momento, elige al gobernante adecuado y le da su propia autoridad”. Atendiendo esta consideración, los mexicanos merecemos el gobierno que tenemos, pero la cita biblica nos hace recapacitar sobre hechos actuales. En este contexto, nos hicimos la siguiente pregunta: ¿Los veracruzanos merecían el gobierno de Javier Duarte de Ochoa, el paradigma de la corrupción de nuestro país? ¡Por supuesto que no! Ese no el gobierno que merece el ciudadano. Ya capturado enfrenta la justicia mexicana, pero con el riesgo de salir en libertad, dadas las lagunas y artilugios legales; situación no recomendable, dadas las actuales circunstancias en que vive nuestro país, que provocarían peligrosos movimientos sociales.

Ahora que se ha puesto en marcha el Sistema Nacional Anticorrupción, se deben cerrar todas las puertas a estos apocalípticos males, y, para que la ciudadanía confíe plenamente en su efectividad, se debe aplicar todo el rigor jurídico para que quienes violen la Ley y los derechos humanos, reciban el castigo que merecen por los diversos delitos que cometieron. Por ningun motivo Duarte debe quedar en libertad, muy al contrario, la autoridad tiene en sus manos la oportunidad de demostrarle al pueblo de México que nadie estará por encima de la Ley, solo así se fortalecerá el sistema.

Pero también está el otro lado de la navaja. A los ciudadanos comunes nos parece fácil, y hasta nos sentimos con derecho de apuntar con índice flamígero a los políticos o servidores públicos en general que son corruptos y los denunciamos públicamente aprovechando el anonimato y la facilidad que nos brindan las redes sociales. Pero ya en nuestras trincheras, la verdad es que los ciudadanos comunes hacemos lo mismo, en mayor o menor grado. La corrupción no solo es problema de la clase política o de los servidores públicos, pues éstos tienen la misma cultura del pueblo. Si el pueblo es corrupto, sus gobernantes son corruptos y tal situación no se resuelve cambiando de partido político, sino elevando los niveles de ética y moralidad entre la población. Luego pues, la corrupción y la impunidad irán disminuyendo en la medida en que dejemos de fomentarla. Ese sería un camino para lograr el gobierno que merecemos.

Los corruptos prosperan, pero como en las representaciones teatrales, en el último acto sufrirán castigo, esto es cuestión de vida, dirían los consejos sabios de nuestros antepasados, nadie se va sin pagar, el infierno y el castigo se dan en este mundo de diferentes maneras.

En la actualidad hay varios funcionarios y gobernantes en capilla que están muy al pendiente del proceso de Duarte de Ochoa, para aprender las formas de llevar un proceso y saber qué abogados contratar,para evadir la ley y gozar de las riquezas mal habidas. El Gobierno mexicano tiene en sus manos la oportunidad de demostrar la fortaleza de sus instituciones y mandar el mensaje de que nada quedará en la impunidad. Y en este sentido, los ciudadanos debemos tomar nuestra responsabilidad, ayudar y exigir a las autoridades de que los bienes y capitales hechos con dinero mal habido y resultado de negocios ilícitos deben ser regresados a los ciudadanos. No Basta con el encarcelamiento. Es necesario decomisar bienes y cuentas bancarias para restituirlas a la sociedad para impulsar proyectos sociales tan necesarios hoy en día en que la gran masa de la población se debate entre la pobreza y la miseria. Al Tiempo.

 

 

 

 

 

 

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