RELATOS DE PASIÓN: CAPÌTULO CLXVII

RIGOBERTO GUZMÁN ARCE

Para los que jugamos progol. A mi amigo Jesús Flores por aquella alegría de 11 puntos.

711.- SUERTE
Pasó gritando, “acabo de ganar más de un millón de pesos”, y se perdió entre el puesto de sombreros y carrito de frutas, hizo el intento de cruzarse la carretera, se detuvo, frenó a un taxi, manoteaba, se fue para la esquina casi atropellando a la gente, regresó por donde estábamos, de inmediato me asombraron sus ojos desorbitados como remolinos de los dibujos animados. Su cuerpo sin control.

Se le iba el habla, gesticulaba, parecía que andaba totalmente borracho hasta la última célula. Flotaba y caminaba en cámara lenta. A los dos minutos abordó el taxi que lo llevó a Tepic, a la oficina de la Lotería Nacional. Dos días antes había comprado como de costumbre dos cachitos, y como siempre a los dos días del sorteo revisaba en la sábana de resultados sujetada con ganchos de ropa en el puesto de venta.

Se colocó los anteojos y fue subiendo y bajando el dedo índice y estuvo a punto de romper los boletos como lo hacía. Identificó el número afortunado, pero se congeló, sintió de pronto borbotones de sangre que agolparon todo el cuerpo como un choque eléctrico. Un vértigo, nublada la vista, se detuvo del exhibidor. Aulló como una bestia.

Sentía que iba flotando en el vehículo, callado, el chofer le hacía plática, él contestaba con los monólogos equivocados del sí o no. La mente parecía internet lento, se le iba la señal, sólo quedaba en la cifra y la frase: “más de un millón de pesos”. Eterno el viaje, mirada fija, manos unidas y sudorosas. No se movía, ni en las curvas.

Se metieron a la ciudad, y el chofer no se aguantó: “le detectaron alguna enfermedad grave”. El premiado no escuchó o ignoró. Insurgentes y después Avenida México. Se bajó con temblores, miedos, nudos en los tejidos. Ingresó a la oficina, estaba un hombre, preguntó tartamudeando con la garganta seca, la persona tomó los dos boletos y le dijo que se esperara, que se sentara y subió a otro piso.

Cada rato veía el reloj, se paraba, caminaba, se sentaba, un martirio y el cerebro como un motor encendido.” ¿Y si salió el hombre por otra puerta? ¿No me dio comprobante? ¿Y si subo? Sentía que habían pasado cinco horas, regresó la persona y comenzó a revisar los documentos que portaba y lo guió para que firmara en las líneas requeridas. “Venga mañana”, recibió la orden, balbuceó, “no se puede que me paguen hoy”.
No, es un requisito hacer trámite, fue el golpe de la puerta. Salió todavía desorbitado, leyó la cantidad, un millón ciento sesenta y dos mil pesos, apretó el comprobante y se regresó en otro taxi. En la noche les habló a sus hijos que trabajan en Estados Unidos, no le creyeron, “usted anda pedo apà”. Medio le creyeron cuando a duras penas les explicó todo brusco, incoherente que ya traía el comprobante, le tomó una foto y se los mandó por inbox. Así ya se serenaron.

En el amanecer se acordó que no había comido nada ayer, ni dormido. Sentía mareos, ganas de vomitar, entraba al baño y salía, de nuevo iba y se frotaba la rostro con agua, le bajaba la palanca al depósito, otra vez lo hacía. No encontraba su lugar. Llamó un taxi, el martirio fue menguando, pero todavía sentía que traía serpientes en la piel y en la sangre. Se entretuvo imaginando cuando tuviera el dinero, lo que iba hacer primero.

Llegó puntual a las nueve de la mañana, se esperó veinte minutos hasta que llegara la encargada. Burocracia atroz para revisar los datos, la orden de imprimir el comprobante final, no sirvió la máquina, se cambiaron a otra. Finalmente le entregan un papelito, camina flotando a unas cuadras, al banco. Directo con la persona indicada, después de una espera tan enfadosa, lo llaman.

Se sienta y pone cuidado a la impresión del cheque, se acabó el papel, lo mandan a otro cubículo y allí le sugieren que abra una cuenta en esta sucursal y le muestran la tabla de ganancias de acuerdo a los plazos fijos. No acepta y hasta se desespera por las insistencias. Sale con el cheque bien guardado y por fin come algo acompañado de tres cervezas que se las toma al jalón y siente que el pulso se le nivela, agarra color, porque traía el blanco de la cera y el amarillo de susto profundo. Ya en su ciudad, directo al banco.

Llega tarde para depósitos de cheque y que comience a generar intereses el monto. Ya duerme mejor. En la mañana después de trámites logra liberarse del premio que sentía arder de miedo, de la incertidumbre, de robo, de un paro cardiaco, ya lo resguarda.

Lo busco, “oye, como nunca en mi vida voy a vivir estas emociones, vengo a que me cuentes, porque quiero sentir lo que se siente”… Continuarán los relatos de pasión el próximo miércoles.

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