Quiero, pero no puedo

Encaminé mis pasos hacia el centro de la cancha, me coloqué frente a la bandera. Sentía la mirada de todos. Silencio total. Y empiezo: “¡Patria!, mi patria es México….”. Fue todo lo que pude balbucear. Enseguida solté el llanto y la maestra “Pachita” me tomó del brazo y me condujo a mi lugar.

Escuché risas burlonas, cuchicheos por todos lados. Había aprendido aquella poesía a la perfección. En casa la repasé muchas veces; pero a la hora de la hora los nervios me traicionaron. Nunca olvidaré aquel episodio tan bochornoso.

Corría el año de 1964, un día de primavera. Tenía yo seis años y cursaba el primer año de primaria. Mi maestra Pachita Palomares cometió el error de haberme elegido a mí para recitar “Mi Patria”.

Hoy, a 53 años de distancia, sigo recordando aquella etapa de mi vida. Pasajes inquietantes, o a veces reconfortantes. Y me pasa a veces que, al recordar mi niñez, adolescencia y juventud, siento unas ganas tremendas de poder volver y conocerme niño y conocer toda le gente que me rodeaba en aquella época.

Me ocurre que siempre recuerdo los tiempos pasados con un sentimiento de nostalgia, porque ya no volverán.

Tengo muy presente aún las imágenes de mis maestras de Jardín de Niños “Federico Froebel”, Evelia Ramos y Lupe Ramos, quien a su vez fungía como directora del plantel. Ella era hermana del profesor Jesús Ramos Arvizu, aquel que fuera presidente municipal, a principios de los 70´s.

Con ellas aprendí a jugar, a reír, a cantar; pero fue en el primer año de primaria cuando se me enseñó a leer y a escribir. El método utilizado por la maestra Francisca Palomares, por cierto, era de resultados sorprendentes.

En aquellos tiempos acudíamos a la escuela en ambos turnos. Entrábamos a las nueve de la mañana y salíamos a las 12 del mediodía. Regresábamos a las tres de la tarde, para retirarnos a descansar a las cinco. La escuela “José María Morelos” solamente admitía niños. Las niñas asistían a la escuela Plan de Ayala.

Cursé el segundo grado bajo la batuta de un profesor de Jomulco, de apellido Copado Torres, el cual por cierto me tenía mucho aprecio. Creía que mi capacidad de asimilación era eficiente; pero una ocasión le quedé muy mal. Convocó a todos los alumnos al examen final, frente a los padres de familia.
Nos pasó al frente a Julio César Olmos Magallanes –un chiquillo muy inteligente, pero criado entre sedas y pañales—y a mí, en una especie de concurso para ver cuál de los dos resolvía uno problema de aritmética.

Con borrador y gis en mano pasamos al pizarrón. ¡Jamás logré descifrar el resultado! Se trataba de unas simples “cuentas” de multiplicar y de dividir, ¡pero otra vez los nervios me traicionaron!… Yo me sabía las tablas de multiplicar al revés y al derecho, pero al estar en medio de todos y sintiendo su mirada, me cohibí. Regresé al mesabanco con la cabeza agachada.

En tercer grado recibí las primeras enseñanzas de parte de un maestro llamado Francisco Sefó, un hombre robusto y chaparrón que gustaba mucho de contarnos cuentos, pero a los tres meses fue removido y el grupo entró en crisis. No había maestro designado. El director solía “entrar al quite” dándonos clases, hasta que llegó el profesor Juan Ramos Águila, quien por cierto pronto se ganó el aprecio de los alumnos, por su trato humanista y por su evidente capacidad en la docencia.

Al ingresar a cuarto año –allá por 1967—la escuela José María Morelos se hizo mixta; a partir de entonces se admitieron a mujeres. El grupo quedó a cargo de la maestra Paula Alonso –esposa del que fuera presidente municipal, Jesús Ramos Arvizu–; de mucha personalidad ella, espigada de estatura, tez morena clara.

Héctor, su hijo, era un chiquillo dedicado, inteligente, y sobre todo culto. Hice buena amistad con él; constantemente acudía a su domicilio de la avenida 20 de Noviembre para hacer la tarea, juntos. ¡Ah!, ¡y cómo le gustaban los chicles!, los “Canguro”, “Yucatán” y “Motitas”.

Con la maestra Paula aprendimos a confeccionar figuras manuales. A las niñas se les enseñó a coser –costuras para servilleteros sobre todo–, pero también nos dio lecciones para tejer sillas y bolsas de polietileno y muchas otras cosas más. Julio César Olmos seguía siendo “el cerebrito” del grupo, pero Evangelina no se le quedaba atrás.

En ese año ingresó a la escuela una muchachita de rostro hermoso y voz melosa. Muchos chiquillos se quedaron prendados de ella; además de que cantaba precioso. Solía entonar en público las melodías de moda de Roberto Jordán, Sandro y de Leo Dan, principalmente.

El quinto año lo cursé con el profesor Ernesto Villarreal, quien era dueño de un vozarrón imponente. Fue uno de mis mejores maestros de primaria. También sentí su aprecio. Nos sometía a pruebas constantemente y creo que nunca le quedé mal. Muchas veces me elegía a mí para tocar la campana, ya sea a la hora del recreo o para la salida.

Sus lecciones de gramática quedarán por siempre grabadas en mi mente. Con él aprendí también las capitales de México, de América y de todo el mundo. Me las sabía “al centavo”, pero el paso inexorable del tiempo también ha hecho mella y hoy me es difícil recordar hasta la capital de Estados Unidos.

Mi instrucción primaria concluyó con las enseñanzas del profesor Matilde Ramos, a quien le tocó impartirme sexto año. Fue la generación 1969-1970. Yo tenía 11 años y fue una de las etapas más difíciles de mi vida. Las carencias familiares eran muchas y empezaba yo a revelarme contra todo.

El maestro Matilde era –bien lo recuerdo—un excelente jugador de básquetbol. Con frecuencia organizaba encuentros internos, contando para ello con el apoyo y asesoría del profesor Delfino Santos, nuestro maestro de Educación Física, quien había llegado a Ahuacatlán procedente de Puebla, si mal no lo recuerdo.

En aquel tiempo le tocó a nuestro país ser la sede del mundial de fútbol “México 70”. No había aún señal de televisión. Los partidos los seguíamos a través de la radio.

Empezábamos a admirar a las figuras del momento, como Enrique Borja, El Campeón Hernández, El Halcón Peña, Nacho Calderón y otros –en el ámbito local–; y en la esfera internacional se cuajaba ya la figura del inolvidable de Edson Arantes Do nacimiento, “Pelé”.

Antes de la fiesta de graduación se nos enseñó el vals. ¡Fue la única ocasión que he bailado en mi vida!; y eso porque era obligatorio. Eso de la “bailada” nunca se me dio, por más esfuerzos que he hecho. Siento los ritmos, pero mis pies y mi cuerpo nomás no obedecen a esos impulsos. Quiero pero no puedo.

Francisco Javier Nieves Aguilar

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