MÉXICO, EN LA SEGURIDAD NACIONAL DE BIDEN O TRUMP VACÍOS, RIESGOS Y DUDAS

SEGURIDAD Y DEFENSA
Carlos Ramírez

Agobiados por los jaloneos de coyunturas domésticas casi a nivel municipal, hoy ciudadanos, funcionarios y estrategas mexicanos han quedado rebasados por la dinámica de los intereses geopolíticos que se están jugando en la próxima elección presidencial en los EE UU entre el presidente Donaldo Trump y el candidato Joe Biden.

Si bien la vieja estrategia pasiva de gobiernos mexicanos de acomodarse a posteriori de las elecciones había dado resultados, México perdió espacios de definición estratégica de intereses propios y regionales en la reconfiguración de las relaciones de poder después del colapso soviético 1989-1991. Hasta finales del gobierno de López Portillo México jugaba la carta del ocultamiento de instrumentos y realidades, a fin de obtener de la Casa Blanca el beneplácito de la gestión propia de decisiones. Como los estadunidenses no podían romper la cáscara mexicana, prefirieron el camino cómodo de otorgarle al sistema priísta el manejo de los asuntos de seguridad nacional bilateral, con tal de que el PRI mantuviera la estabilidad interna, ahuyentara al comunismo y jugara las iniciativas de la Casa Blanca.

De 1983 a 1985 México fue sacudido con una ofensiva en tres pasos: la orden de Reagan a la CIA de construir escenarios catastróficos de México para justificar mayores intervenciones, la utilización del caso Camarena de 1985 para desestabilizar a México y la realización de audiencias en el Congreso para revisar la situación interna de México por primera vez con sentido crítico. Estas presiones coincidieron con el relevo en la élite política mexicana con la llegada de los tecnócratas educados en universidades estadunidenses y por tanto con enfoques menos nacionalistas. El ciclo se cerró en 1989-1993 con la negociación del Tratado de Comercio Libre que, a decir del estratega de inteligencia y seguridad nacional y embajador estadunidense en México, John Dimitri Negroponte, desmanteló la ideología nacionalista en la política exterior como parte de la política interior y dejó el pragmatismo comercial. La pasividad mexicana en la invasión de EE UU a Panamá en 1989 fue el comienzo.

Los gobiernos neoliberales de 1982 al 2018 se deslindaron del escenario internacional. Los EE UU pasaron del combate ideológico contra el comunismo soviético a la lucha contra el terrorismo islámico radical, un tema ajeno a México que ayudó a distender las relaciones bilaterales. Durante el periodo de Clinton, Bush Jr. y Obama, de 1993 a 2016, los años de consolidación del neoliberalismo mexicano salinista, el terrorismo quedó fuera de los enfoques de seguridad nacional mexicana. Más aún, la perspectiva de México como un problema de seguridad nacional para los EE UU que fijo Reagan se fue diluyendo hacia el final del reaganismo y sus sucesores –Bush Sr., Clinton, Bush Jr. y Obama– se quedaron en el modelo de la seguridad nacional ideológica y terrorista.

No se sabe si por ingenuidad, ignorancia o falta de reflexión estratégica, el gobierno de Peña Nieto y ahora el de López Obrador han carecido de enfoques de seguridad nacional a partir de la indefinición de los intereses nacionales dentro y fuera. Sin embargo, pasamos del tema mexicano como existente, incómodo y no determinante al agobio con Trump encima de nosotros. En realidad, los tres presidentes vieron inexistente y sin influencia el papel político de México en la seguridad nacional estadunidense, a pesar de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Obama intensificó la cacería de migrantes sin preocuparse de la reacción mexicana, que por lo demás fue nula.

Trump, en cambio, resultó un político con mayor pensamiento estratégico y de seguridad nacional que sus antecesores. En el tema México supo colocar el asunto de los migrantes en la seguridad nacional estadunidense por el cruce de potenciales terroristas, la acumulación de una presión laboral democrática en los EE UU y la falta de control de seguridad sobre los que cruzaron la frontera sin pasar por las fronteras legales. Y tuvo razón: la migración legal e ilegal es un asunto de seguridad nacional porque afecta la composición de la población en términos de cultura, ideología y economía. En los EE UU todo migrante legal debe de pasar por un examen de nuevo nacionalismo, de conocimiento de las leyes estadunidenses y de compromiso de respetar el modelo capitalista.

Aunque ninguno de los enfoques de Trump y Biden le funciona a México, de todos modos la política de seguridad exterior de México debe tener claro los riesgos de seguridad fronteriza entre los dos candidatos. Y, sobre todo, de los compromisos mexicanos con las oficinas militares y civiles de inteligencia y seguridad nacional que influyen en las políticas mexicanas de defensa.

A ello Trump ha agregado otro elemento: el crimen organizado mexicano ya instalado en los EE UU para configurar el modelo aprobado por Obama del crimen organizado transnacional que representa una pérdida mexicana de soberanía nacional. Ahora lo vemos: Trump ha autorizado la cacería de los cabecillas del Cártel Jalisco Nueva Generación en territorio mexicano, con la presencia aquí de agentes encubiertos y otros aprobados por México para capturarlos y llevárselos a los EE UU.

En este sentido, las elecciones presidenciales en los EE UU son un asunto de seguridad nacional para México, pero sin tener claro si México ya tiene terminadas sus nuevas oficinas y su doctrina sexenal en esa materia. Sólo Fox hizo un intento de asentar a México de manera profesional en el mapa internacional de la seguridad nacional con Adolfo Aguilar Zínser, pero luego no entendió la lógica, los interese y las necesidades y prefirió dejarle el peso de la responsabilidad a las agencias estadunidenses.

La seguridad nacional es la identificación de los intereses nacionales y el desarrollo de los instrumentos para evitar que esos intereses estén bajo control de alguna otra potencia para sus propios intereses.

El autor es director del Centro de Estudios Económicos, Políticos y de Seguridad.
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