LA VERDAD… NO ME ACUERDO

Francisco Javier Nieves Aguilar

Cuentan que nací un 13 de agosto de mil novecientos…. No me acuerdo. Pero aquí entre nos les platico que ya casi alcanzo el sexto piso. Este domingo cumplí un año más de vida, pero uno menos de existencia. Bien, medianamente o mal vividos. No lo sé.

La mochila pocas veces ha sido ligera, pero de diez años hacia acá creo que la he sentido más pesada. Las enfermedades de familia no me han soltado. Las fuerzas empiezan a abandonarme poco a poco. Mi vista es cada vez más deficiente y mi rendimiento laboral se está reduciendo a pasos agigantados. Me enfado con lo mismo de siempre. Me irrito fácilmente y, por si fuera poco, la glucosa y triglicéridos me mantienen en un hilo.

Tengo ahora la misma edad que mi padre tenía cuando el hombre pisó por primera vez la luna. Neil Amstrong fue el autor de esa hazaña; y fue también cuando se inauguró el sistema de transporte colectivo conocido como “El Metro”, en México, entre otros acontecimientos de esa época.

Escribo estas cosas sin dramatismo, como un hecho real e inevitable… La vida ha transcurrido en un momento. Tengo la sensación de que ha sido como un corto sueño en el que he pasado de la infancia a las puertas de la vejez en tan solo una noche. Miro mi Acta y constato que nací, efectivamente un 13 de agosto; y no me pregunten en qué año, aunque es fácil deducirlo.

Pero en el fondo me parece que sigo siendo aquel niño que correteaba por el canal, que subía al cerrito de La Cueva sin fatigarse, que cazaba ardillas con el apoyo del Coronel, que jugaba al fut en la calle Morelos, al paño y al Shanghái en la Abasolo… a las canicas y al trompo, al balero y al cinto escondido.

Creo que nací a eso de las cinco de la mañana. Era un jueves según me contó alguna vez mi padre; y fue doña Chole la partera la que me trajo a este mundo matraca.

Los primeros años habité en una reducida finca que se ubicaba por la calle Abasolo –a espaldas de la Plaza de Toros El Recuerdo-. Luego nos mudamos a otro inmueble por la misma arteria. Después nos instalamos en la bodega que mi tío Rafael Nieves utilizaba para almacenar harina, azúcar, manteca y demás insumos de panadería.

Era todavía un adolescente cuando nos cambiamos a una casa de la calle Morelos esquina con callejón del Arrayán.

Mis padres, por su condición humilde, no podían pagar las rentas. Por eso mi cuñado Ramón Ramos nos facilitó esta otra finca.

De ahí nos trasladamos hasta el último rincón del barrio del Chiquilichi, a un huerto lleno de árboles de lima, justamente donde radica aún mi madre.

Después me casé y anduve como judío errante, de un lado para otro, hasta establecerme en este remedo de casa, en la colonia Demetrio Vallejo.

Han pasado pues exactamente… no sé cuantos años de que Dios me trajo al mundo, en ayunas y encuerado, pues dice mi madre que pegaba unos “berridos” por el hambre.

Me alimenté con leche materna, al igual que mis otros 10 hermanos. Los biberones ni los conocíamos; tampoco los pañales desechables; eran lienzos de tela que mi madre lavaba y relavaba.

Para calmar las diarreas y dolores de estómago nos daban te de hierbabuena o manzanilla. También se usaba el estafiate. Para la tos utilizábamos la hoja santa y para la “calentura” – lta temperatura– un Mejoralito; Vaporub para el cuerpo irritado.

Hace ya pues muchos años que vengo ocupando un espacio en este mundo. A veces pienso que lo ocupo de “en balde”, siento que poco a poco voy sobrando y no creo que tarde mucho en desocuparlo por completo.

Todo ha sucedido tan rápido que me parece increíble. Y ello me produce frustración no por no haber hecho lo que yo quería sino por haber sido incapaz de ser consciente de los momentos, que se me han escapado como el agua entre las manos.

Me siento desorientado y no soy capaz de controlar mis decisiones ni mis emociones. No he aprendido casi nada y todo ha pasado como un sueño en el que alguien me empujaba a seguir hacia adelante. La vida es algo muy extraño e incomprensible.

“Confieso que he vivido”, le leía alguna vez a un escritor; pero en mi caso a lo mejor ni he vivido. Estoy porque estoy y nada más.

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