Ixtlenses – Segunda Parte

Rigoberto Guzmán Arce

En memoria de Teresa Jaime, para quien siempre fui Beto, el hijo de su comadre Lola.

5.- Ya había entrado a la fase operativa de sentirme de que estaba lejos con el puño de añoranzas. Pude insertarme de nuevo y busqué reconocer los rostros que había olvidado, los que tenía impregnados de mi juventud. Tener la tranquilidad de revisar los años de mi vida desde la calle, el barrio mítico, los lugares y las esquinas, los polvos de los vientos ancestrales y mi amada naturaleza, la mancha urbana y los personajes.

También en los más oscuro y profundo de mi ser, estaban las ausencias. Vivir en un piso humilde que estaba arriba de la tienda de Teresa Jaime, a unos metros de la tienda de con la señorita Luz. Desde allí salía todas las mañanas para dirigirme a laborar a La Venta de Mochitiltic.

Regresar gustoso y con la sensación todavía de no creer que ya estaba de regreso en mi ciudad. Ver en la lejanía al cerro en forma de pecho de mujer sobresaliendo de la apertura de montañas cuando habíamos cruzado las barrancas y era un paisaje tremendamente hermoso cuando el viento del sur acariciaba suavemente el alma.

Contestar las preguntas de conocidos que cuestionaban mi estancia y verme seguido ya involucrado en actividades vespertinas, las del fin de semana y mi placer por volver a visitar mis lugares de antaño con más años a cuestas, pero con ojos nuevos. A los hombres y mujeres que volvía a saludar y que conocí en mi niñez ya estaban en otro tren de ancianidad, eran mi espejo porque yo también cargaba  maletones de lo inexorable el paso del tiempo.

Un vendaval me sacudía en las madrugadas y mi pluma se encendía, la palabra se apasionaba y ya de pronto como la magia, estaba sentado en mi escritorio de madera y rodeado de libros y recuerdos, coleccionando las crónicas y publicando en el periódico El Meridiano de Ixtlán, durante unos meses con la columna de entrevistas y crónica urbanas, las cotidianas la Rueda del Tiempo. Después  Express Regional con el siempre solidario Francisco Javier Nieves.

Ya estaba marcado mi destino que se abría el abanico de las posibilidades de expresarme en la columna Marquesina con esa obsesión que me causa la presencia de lo efímero y lo inmortal, de la fugacidad, del destello, de lo oscuro que es el  caos armonioso del universo.

Reconozco que ameritaba más amor y concentración la escritura, pero fueron naciendo, brotando como un manantial de versos,  la naturaleza, mi tortuga, la flor, los colores de mi arcoíris personal, las letras del bosque, el árbol y el vuelo de pájaros.

Nació gracias a los amigos Verde Luz, una gratitud a Raúl Méndez Lugo, Manuel Benítez, Miguel González Lomelí, Manuel Ávalos. Un pequeño poemario con imágenes mías y las hojas verdes y secas, el mandarino tosco y agrio, los helechos y la eternidad, antes de que se termine el siglo XX y el cambio a la calle Ortiz 187, a unas cuantas casas donde vive mi madre Dolores que gustosa y tan orgullosa que su hijo Beto haga con libertad lo que ella quiso hacer, ser la continuación de sus sueños, de aquella luz que desaparecen las sombras. El beso que me daba en la mejilla cuando llegaba y cuando me marchaba ha sido el mejor poema que he sentido en mi vida.

Nace Luz Azul con los minerales recogidos en veneros y senderos, en los trayectos de cometas y meteoritos, de las interrogantes milenarias y la constelación de intentos de respuestas. Vuelven los amigos como Benítez que es el creador de las viñetas, Raúl Méndez y Miguel González con sus puertas abiertas.

Versos azules por la distancia y la intensidad de la luz, su recorrido ante nuestros corazones absortos y que vive de asombro en asombro en este viaje a través del cosmos cuando nosotros somos los elegidos de la genética. “Detrás tenemos el silencio eterno y delante también, y sólo un breve tiempo debemos vivirlo, de modo que la dicha de ese instante llene el infinito vacío del silencio”… Continuará el próximo viernes.

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