Ciego, pero no pendejo

En la “Corte” de los Estados Unidos, el nombre de Miguel Tovanche Delgado es ampliamente conocido. Varios estados de la Unión Americana lo tienen registrado como un hampón de mediana categoría, dada su proclividad al vandalismo.

Así quedó “fichado”; pero los policías de aquel país desconocen que este hombre que nació hace alrededor de 42 años, en Jalisco, desde hace tiempo que abandonó la malvivencia por una simple y sencilla razón: la afectación de su nervio óptico causado por las drogas.

Y efectivamente, desde hace poco más de cinco años que Miguel Tovanche ingresó al desventurado mundo de los ciegos. Es un invidente que poco a poco ha ido superando esta desgracia, pese al alejamiento paulatino de muchos de sus familiares.

De complexión delgada, piel morena y pelo lacio, Miguel tiene su residencia en una de las colonias más conflictivas de Guadalajara… un asentamiento donde abundan los delincuentes y donde la droga fluye al por mayor.

Vive solo en una finca heredada por su madre. Él mismo cocina sus alimentos, se plancha y se lava; pero para poder subsistir optó por vender dulces y chicles en los sitios públicos.

De esta forma, cargando una pequeña caja de chicles “clorets” y apoyándose en su inseparable bordón, arribó a Ixtlán del Río para solicitar el apoyo de la ciudadanía. “Quiero llegar a Mazatlán”, le dijo a un hombre que saboreaba una nieve de garrafa, frente a la Presidencia Municipal.

Tovanche Delgado platicó algunos momentos con el reportero y confesó que desde los 19 años de edad abandonó a sus padres para ir en busca de su novia, quien había partido hacia los Estados Unidos dos o tres meses antes.

En Sonora –dice- conoció a otra mujer que, al igual que él, se dirigía a la frontera norte con la esperanza de internarse en los Estados Unidos. ¡Claro!, de manera ilegal… de mojado o como fuera.

Las circunstancias propiciaron que esta pareja unieran sus vidas bajo el régimen del concubinato. Sólo permanecieron dos años en unión libre; pero al llegar la separación, Miguel se dedicó otra vez a la búsqueda de su novia, logrando posteriormente resultados positivos.

De alguna manera pudo traspasar las fronteras, estableciéndose en varios puntos de la Unión Americana. De hecho conoce a la perfección todo el estado de California, lo mismo que Texas y Arizona, Oregon y Washington, Nevada y Colorado, la Florida y Missouri, al igual que Nueva York y Utah.

Y fue precisamente en este último estado donde le vino esta desgracia, pues, las malas compañías y su proclividad a la vagancia, lo indujeron a los vicios, situación que a su vez lo condujo a la cárcel varias veces y en múltiples localidades.

Miguel admite que probó todo tipo de drogas; pero asienta que se inclinó más por la heroína, la cocaína y el cristal. Y todo ello se acentuó a raíz de la separación de su esposa, quien por su parte no pudo soportar más esa vida azarosa que llevaba con él.

Sin nadie a quien mantener y dominado totalmente por las drogas, Miguel “se echó a la perdición”, como él mismo lo reconoce. Pero lo peor de todo llegó una ocasión en que combinó justamente la heroína con la cocaína y el cristal, al mismo tiempo.

A Miguel se le pasó la dosis, pues de pronto sintió que se desvanecía, sumido en un mundo irreal. Y cuando despertó ya estaba en el hospital. Quiso incorporarse, volteó hacia todos lados, pero todo lo veía oscuro. “¡Doctor!, ¡Doctor! ¡No veo!”. A partir de ahí siempre se ha conducido en tinieblas. “Fue un 23 de mayo del 2002”, recuerda; es decir, hace poco más de 15 años.

A pesar de todo, Miguel nunca perteneció a alguna banda. “¡Yo no andaba de gaymember!”, aclara, para luego referir que siempre anduvo en el vicio, “¡bien perdidote!”.

Tovanche Delgado tiene siete hermanos; e indica que el primer año de invidencia fue el más duro. “Ahora ya me estoy acostumbrando. Perdí la vista, pero se me desarrollaron el tacto y el olfato”, asegura.

Y luego comenta: “Hay gentes que piensan que me hago tonto porque adivino qué traen o de dónde vienen. ¿A poco no voy a saber si se trata de una mujer?, ¡Si escucho los tacones!”, señala con picardía; y remata divertido: “¡Estoy ciego, pero no pendejo!”.

Miguel porta lentes oscuros, camisa “sicodélica” y pantalón azul de mezclilla. Luego de recibir los apoyos toma su bordón y se va, paso a pasito, tratando de no tropezar. “¡Sí carnal! ¡Ahora soy el más pacífico del mundo!”, concluye.

Francisco Javier Nieves Aguilar

0 Comments Join the Conversation →

Deja un comentario