Borrando Cicatrices

Francisco Javier Nieves Aguilar

Una niña de ocho años estaba una vez con algunas amigas en un centro comercial cercano a la escuela. Vio dinero en el mostrador de una tienda y lo tomó.

Un vendedor la vio y la llamó ladrona. Agarrándola por el brazo, la llevó llorando con sus padres.

Los padres estaban desesperados. Algunas de las personas más cercanas a ellos pensaron que le pegarían a su hija y la castigarían. En vez de eso, los padres acudieron con un consejero para saber qué hacer. Tenían miedo de que su hija desarrollara una cleptomanía y tomara cosas que no le pertenecieran.

El consejero pidió a los padres no sobre dramatizar el incidente Los niños siempre cometen errores, pero lo importante es saber qué hacer en esos casos.

Les recomendó que convencieran a su dulce hija de no volver a hacerlo y que no la castigaran. Les dijo que hablaran con ella en privado y le explicaran las consecuencias de sus acciones. En seguida, les pidió que la abrazaran porque ella ya estaba abrumada por lo que había sucedido.

Además, les dijo que si querían transformar el error en un gran momento educacional, debían tener reacciones inolvidables.

Los padres pensaron en esto y tuvieron un gesto excepcional. Como el valor de lo robado era poco, dieron a su hija el doble del dinero que había tomado, y le demostraron elocuentemente que ella era más importante para ellos que todo el dinero del mundo. Le explicaron que la honestidad es la dignidad del fuerte.

Esta actitud permitió que la niña meditara. En vez de archivar en su memoria el hecho de que era una ladrona y un castigo severo por parte de sus padres, registró un recuerdo de aceptación, comprensión y amor.

El drama se transformó en romance. La niña nunca olvidó que, en un momento difícil, sus padres le habían enseñado y amado. Cuando cumplió 15 años abrazó a sus padres y les dijo que no había olvidado ese poético momento. Todos rieron. No había cicatrices.

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