¡A cinco pesos el ciento!

El sábado me levanté con evidente desgano. Las desveladas de los días anteriores desde luego que me afectaron. Y para acabarla de amolar mi vieja CPU se puso otra vez sus moños. Lo acepto, ya me quedé rezagado y mucho trabajo me cuesta adaptarme a la tecnología, incluyendo a los celulares.

Medio desayuné e intenté reposar un rato; pero luego cambié de opinión y opté por desplazarme hacia el panteón y por el rumbo del canal.

Durante el trayecto avisté la Huerta de Galván y me cai que me dio mucha tristeza ver el abandono de este y otros huertos adyacentes. “¿Dónde quedaron aquellos mangos tan sabrosos, dulces… mango criollo”.

La nostalgia tocó mi ser, y pensé: “¡Qué bonitos mangos se producían en Ahuacatlán!”. Pero aquellas floridas épocas de julio y agosto van quedando en el olvido. Ese hermoso cuadro que dibujaban las mujeres cuando acudían a la Huerta del Capitán Galván, a la de María Cosío o a la de Chico “El Alacrán”, ya no va a ser posible apreciarlo. Todo se ha ido diluyendo poco a poco.

Se extrañan esas épocas de abundancia. Se añora ese precioso paisaje en el que las mujeres, con sus vestidos chillantes y sus trenzas largas largas, solían caminar hacia las huertas para regresar cargando sus chiquigüites repletos de mangos sobre sus cabezas.

Mango fino, mango dulce, rico, sabroso, de color rojo y jaspeados con puntos negros.
Se acabaron esos tiempos. La modernidad los ha ido desplazando. En lugar de aquellos gigantescos árboles de mango que se alzaban en muchas huertas, se observan ahora algunas fincas; mientras que en otros han sido derribados por su propia naturaleza como consecuencia de su edad tan avanzada.

Hace mucho que no se ven esos mangos miniatura que los chiquillos conocíamos como “albérchigas”. ¡Qué dulces eran, verdad de Dios! Tan sabrosos estaban que muchos cometíamos el pecado de allanar esos huertos a escondidas valiéndonos del Canal de Victorino Medina.

Así podíamos penetrar a la huerta de María Cosío o de Chuy Arciniega. El huerto de Rafael “El Sordo” y su esposa Concha era un espacio que se prestaba para cometer esas pillerías. Pero no se podía decir lo mismo del lindo vergel de Chico “El Alacrán”, donde se producían esa rica variedad conocida como “Mango Manila” y cuyo hueso era más delgado que el normal.
Más famosa aún era la huerta del Capitán Galván, la cual por cierto era más frecuentada por las mujeres. “¡A cinco pesos el ciento!” promocionaban sus dueños. Decenas de chiquigüites llenos de mangos salían diario de allí, para finalizar en Jala, en Ixtlán o en algunas de las rancherías circunvecinas.

Desde junio se podía ya percibir la proximidad de la cosecha de mango. Por esas fechas se iniciaba con la elaboración de la famosa cajeta, pues para su hechura era menester utilizar mango verde y sazón. Nadie como las hermanas López González para su industrialización, aunque la fórmula, al parecer, fue proporcionada por la extinta Margarita Romero.

Pero esos tiempos de abundancia van quedando poco a poco en el olvido. Los huertos de mango en Ahuacatlán simple y sencillamente se están acabando. Las albérchigas ya no se ven por ningún lado. La fruta que a veces se observa en el exterior del mercado es traída de otros lugares, como de Plan de Barrancas y Tequila, Jalisco.

Las mujeres de faldas y vestidos chillantes que en julio y agosto solían “visitar” estos huertos. ¿Dónde estarán? El suelo ya no se cubre de amarillo. Ahora solo se observan árboles caídos y modernas construcciones. Todo va quedando en el olvido.

Francisco Javier Nieves Aguilar

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