¿Y TÚ QUÉ HARÍAS?

La semana pasada mi amigo Javier y yo conversábamos acerca del reciente fallecimiento de un joven de Ixtlán. El diálogo se extendió por casi una hora, pero poco antes de despedirnos, él inquirió: ¿Tu Nieves qué harías si supieras que sólo te queda muy poco de vida?

No es la primera vez que me hacían esta pregunta. Muchas veces me he puesto a reflexionar  en torno a ese tema: ¿Qué haría?… Lo primero que haría sería traer a mi mente todos mis bellos recuerdos, los guardaría de manera que no se escapara ni un sólo destello de sol o la luz de una luna brilladora.

Trataría de tener una permanente primavera, después dejaría de compadecerme o lamentarme, trataría de no recordar la más mínima desgracia que he vivido. El tiempo es muy valioso para sufrir por un ayer que no puede volver.

Trataría de olvidar que he llorado. Levantaría mi cabeza. También dejaría de sufrir por lo que nunca llegó a ser, por lo que nunca me fue dado y valoraría las risas y las alegrías que Dios me regalo.

Dejaría de pensar en el mañana. Viviría mi presente como el regalo que se me da cada día para disfrutarlo. Dejaría de pensar en mi sentido de la eternidad.

“Mañana haré esto o lo otro o el año que viene” y viviría disfrutando cada segundo de felicidad. Con esperanza y gratitud daría las gracias por haber visto un día más el sol y esperaría con entereza y serenidad mi final.

Después de todo lograría ahuyentar la tristeza. ¿Por qué?… porque regreso a la misma fuente de donde salí. A los brazos del Padre Eterno.

¿Qué tengo miedo morir?, ¡claro que lo tengo! tengo derecho a morir solo, sin curiosos que pululen a mi alrededor. Morir escuchando las melodías queridas, los amados versos; viendo  las fotografías añoradas, los paisajes idos. Sin médicos ni enfermeras ni horribles medicinas que en vano traten de postergar lo imposible.

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