Sólo cuatro meses

Francisco Javier Nieves Aguilar

No hace muchos días se cumplió un aniversario más del fallecimiento de una señora, muy conocida y querida.

Ella murió hace alrededor de cinco años, pero poco antes de su deceso, al regresar a su casa después de una consulta médica, les dijo a sus familiares:

–Pedí franqueza a la junta médica que me examinó. Les dije que me dijeran la verdad sobre mi estado de salud; porque siento que me resta poco tiempo de vida–. Delante de los ojos ansiosos, ella continuó:

–Los médicos me confesaron que soy portadora de un mal incurable y que sólo me quedan aproximadamente cuatro meses de vida.

–¿Y nos dices eso con toda naturalidad?– preguntó una de las hijas rompiendo en llanto. Y ella continuó con mucha serenidad:

–Creo que aún me queda tiempo para hacer todo lo que debí haber hecho hace mucho.

Ordenaré todos mis armarios, guardaré lo que realmente uso y el resto sacaré afuera o daré a quien lo precisa. Colocaré bellas cortinas en las ventanas y éstas me impedirán que siga mirando la vida ajena.

Todos los días quitaré el polvo de la casa y, durante ese trabajo pensaré: Estoy librándome de las suciedades que guardé del pasado. Evitaré oír más noticias y alimentaré mi espíritu con lecturas saludables, conversaciones amigables y no criticaré más a nadie. Pensaré en aquéllos que me hirieron y con sinceridad los perdonaré. Todas las noches agradeceré a Dios por todo lo que he conseguido hacer en estos últimos cuatro meses que me restan de vida.

Todas las mañanas al despertar me preguntaré a mi misma: ¿Qué puedo hacer para tornar el día de hoy un día mejor? Y haré de todo para transmitir felicidad a aquellos que se aproximen a mi; y cada día que pase haré por lo menos una buena acción.

Cuatro meses son más de 120 días; por lo tanto, cuando cierre yo los ojos para nunca más abrirlos yo habré hecho como mínimo 120 buenas acciones.

Todos los que la oían, poco a poco se retiraban de allí, yendo cada uno a un rincón a llorar solo. La mujer allí quedó y había en sus ojos un brillo de alegría. Pensaba consigo misma:

“No puedo curar mi cuerpo, pero puedo cambiar la vida que me resta”
Así es que tenía una gran tarea: Transformar su mundo interior, volverse una persona totalmente diferente de lo que fue.

En solo cuatro meses consiguió cumplirlo plenamente. Y lo más curioso de la historia es que después de dar la noticia a sus familiares, logró prolongar su vida por 23 años más. Curó su propia alma y su molestia desapareció. Murió de vieja.

Los hombres que intentan hacer algo y fallan son infinitamente mejores que aquellos que no intentan hacer nada y todo lo consiguen. Así es que si usted no quiere ser olvidado cuando muera, escriba cosas que valgan la pena leer o haga cosas que valgan la pena escribir.

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