Periodico Express de Nayarit
Inicio

CLAROSCURO: PASIONES (2017) -SÉPTIMA PARTE-

Rigoberto Guzmán Arce

2017 / 02 / 17

2.- LECTURA

Leer, es para mí como respirar. En el medio donde me desenvuelvo y en el tiempo que me tocó vivir, estamos inmersos en la época aquella que pedías prestado un libro a tus hermanos mayores o algún amigo que salía a estudiar al sur de Jalisco, Guadalajara o Tepic y era tan valioso que para que te siguieran prestando otros, tenías que regresarlo y en la actualidad donde hay abundancia en la oferta de lectura, hay rapidez por simplemente ojear, de ojo, los textos que los pasan tan rápido en la pantalla del móvil.

Basta aplicar el experimento de subir una imagen y tantos “me gusta” recibes y si compartes un artículo como el que subí el 14 de febrero solamente a una persona le gustó, que espero lo haya leído. Artículo que nos cimbra donde ante la inminente muerte el amor nos salva, estamos tan solos en este escenario artificial. No juzgo ni critico, simplemente sobrevivo en estos dos polos de lectura.

Quiero trocar los tiempos el de antes por el actual y el actual tenerlo como la oportunidad de mis años nuevos. Objetos escasos en nuestros territorios de estudio y más difíciles de encontrar en la vida cotidiana. Pocas casas tenían sus libreros, algunos maestros como el legendario Rutilio Nava Rojas. Durante la travesía por lugares fui llenándome de libros, muchos se perdieron por los cambios de residencias, apolillados, en cartones o quedaron en manos amigas o enemigas.

Me dolía que no me devolvieran espléndidas historias como Bara la salvaje, La gente de la Ciénaga o Cien años de soledad, me repateaban el estómago y digería dosis de ácidos de dolor e impotencia. Comprarlos cuando llegué a mi adolescencia y que ya describí cuando en la casa de mi madre Lola tuve mi primer librero, una tabla de cama con alambre y clavos, para cuidar mi pequeña fortuna, porque eran vidas de muchos que me hicieron reaccionar y que desde novelas, cuentos, poemas o temas de la ciencia o filosofía, fui armando mi mundo, y en las puertas estaba Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez.

Incrustando mis sueños, los desvelos y la imaginación que me irradiaba el poder de sentir y de vivir la vida de los demás. Desde la preparatoria, entre las amistades, llegó Lenin, Carlos Marx y Engels, que con la estructura del razonamiento no solamente interpretaban la historia de las sociedades, lo que se necesitaba era transformar la realidad. A  mis ojos y a mi hambre llegaron Homero, Platón, Aristóteles  y bajo los sonidos de la noche me quedara enfrascado de otras latitudes y otros siglos para conocer a mi alma.

Revistas y periódicos suaves y peligrosos. Pronto abrazar las líneas, párrafos, autores y en una inmensidad de agua filosofal fueron mis veneros para responder a mis preguntas que desde los quince años me hacía ante la avalancha de acontecimientos y los laberintos mentales que me sentía entre las luces que iluminaban mis espacios oscuros y que pronto brotaron como una lámpara para buscar mis propios caminos, la crisis existencialista como un pulpo gigante que ante mis temores se aprovechaba más y desfallecía en sus tinieblas.

De niño me cautivó los símbolos que se unían y descubrías inmensidades. El abecedario, el sonido que nacía cuando las pronunciabas, el rigor de ir leyendo titubeante ante el rostro de negación o aceptación de la persona que te ponía a leer y te iba guiando con el dedo índice. La paciencia de mi madre y la voluntad mía fue el detonante y ya en cada parte, en cada esquina leía los comerciales rústicos de cigarros marca Faros y Alas.

Cuando estaba muy largo a unas palabras las conocía y  otras las inventaba pensando que así podía atinar con los dibujos que representaban el mensaje. Ya no podía vivir al margen de este misterioso encuentro con la civilización, el entendimiento, fue muy enriquecedor mi encuentro cultural. Tener un libro, olerlo, abrirlo y repasarlo como si fuera un abanico o ramo de flores de letras, el sentir su cuerpo, era una sensación especial que guardo en mi memoria.

Asistir a la escuela fue normal, cruzar un río que para muchos era caudaloso y que sufrieron tanto porque se quedaban rezagados en lectura y escritura sobre todo. Me encantó relacionarme con los libros, la portada de la patria representada por una bella mujer de rasgos indígenas y de pechos voluptuosos.
Nunca sufrí y cuanto me llegaba lo gozaba. Era inevitable mi encuentro amoroso con la lectura y mis fiebres interiores.  Siempre he creído que otro momento de detonación fue escudriñar los cartones que tenía mi tía Tomasa en su segundo piso de su casa por la Abasolo. Cartones repletos de revistas, ante todo, era una verdadera fortuna, la dicha me embriagaba y ante mi silencio de estar tanto tiempo absorto de lo que se abría a mis sentidos, caía la noche y mis pensamientos seguían encendidos para continuar a la tarde siguiente.

Me había ganado la confianza porque mi tía me revisaba que no me llevara nada, después me prestaba revistas de política, de cine, de teatro y farándula que las leía en la casa contigua que era a de mi abuela. Supe de María Félix, “Cantinflas” del PRI invencible, la Ciudad de México, el regente Uruchurtu, las Olimpiadas y el 68 distorsionado; personajes y hechos antes de la era de la televisión.

No estaba enajenado, todo era juego, familia, barrio y lectura. Nunca imaginé que sería una fortaleza su advenimiento como algo natural como comer o dormir…. Continuará el próximo viernes.