Periodico Express de Nayarit
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UN PEDACITO DE HISTORIA : BREVES DE OTRAS ÉPOCAS

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2015 / 02 / 26

Los pendientes

Probablemente son los pendientes los adornos más antiguamente usados. Según el Génesis los había ya en tiempos de Jacob, es decir, unos 1632 antes de Cristo. Esto está confirmado por hallazgos arqueológicos en la Triade, en Etruria y en las Islas Británicas, donde se han descubierto algunos trabajados muy artísticamente.

En este sentido resulta curioso el hecho de que la Venus de Médicis tiene las orejas horadadas, como para poner pendientes.

Su uso debió tener al principio una causa más supersticiosa que ornamental. San Agustín censuró duramente el empleo de pendientes como amuletos en su tiempo. Una vez olvidado el poder misterioso que se les atribuía, se empezaron a utilizar como adornos, algo que todavía se mantiene con mucho arraigo en la época actual.

La pena de ceguera

Ya no existe en ningún pueblo civilizado este bárbaro castigo que los griegos imponían a los adúlteros y sacrílegos y los germánicos aplicaban a los perjuros,  traidores y monederos falsos. Enrique VI lo impuso en la conquista de Sicilia y Alejandro I lo aplicó a los prisioneros de guerra de Alejandría. En 1415 fue condenado a ceguera en Nuremberg un estafador que vendió anillos de bronce como si hubieran sido de oro. Entre los bizantinos y merovingios ocurría esto como un modo de desembarazarse de enemigos peligrosos, rivales a la corona y agitadores políticos.

La forma más leve de llevar a la práctica dicha sanción consistía en mantener delante de los ojos la hoja de un sable incandescente y también se aplicaba por aplastamiento del globo ocular. En España el Fuero Juzgo se la imponía a los rebeldes y traidores, cuando el rey les perdonaba la vida, y a los indultados por infanticidio.

Con posterioridad se abolió esta pena porque “Dios hizo la cara del hombre a su semejanza” y se dejó sólo subsistente para aquel que expresara el deseo mal intencionado de ver morir al rey, a fin de que no pudiera tener la dicha de sentir cumplido su deseo.

la palabra bujía

Cuando se pronuncia la palabra bujía, se puede pensar en una vela de cera o parafina que cubre una mecha y cuya combustión produce una llama luminosa, en el candelero en el que se coloca esa vela; o también en un dispositivo para  encender eléctricamente la mezcla gaseosa existente en el cilindro de un motor de explosión. Sin embargo, poco se conoce sobre la etimología de esa palabra.

Los que tienen el privilegio de conocerla deben recordar entonces a la ciudad de Buchaiah o Bujía, capital del reino de igual nombre y de donde proviene el del útil invento citado. En esa ciudad se producía una buena cantidad de cera y se buscaban diferentes formas que dar a ese producto para la venta, hasta que surgió la idea de confeccionar con él la envoltura concéntrica de una mecha de algodón.

Los comerciantes franceses comenzaron a comprar aquellos largos cilindros, con los que se alumbraban muy bien. Justamente fueron ellos quienes le dieron su nombre, en correspondencia con el lugar de su procedencia, y les llamaron “bougies”, de donde viene “bujía”.