Periodico Express de Nayarit
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UN PEDACITO DE HISTORIA : HECHOS VERÍDICOS  

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2014 / 11 / 18

SALA PARA COMER

Cierto día Cicerón (106-43 a.n.e) y Pompeyo (106-48 a.n.e) quisieron cerciorarse de si era verdad lo que se decía sobre la magnificencia de los banquetes de Lúculo (106-57 a.n.e.). Al encontrarse con él en la plaza pública, aceptaron su invitación de cenar a su casa, con la condición de que no diera instrucciones de preparativos ni de gastos extraordinarios a sus criados. Conforme con esa condición, Lúculo sólo pidió lo dejasen decir a sus sirvientes la sala donde quería se sirviese la cena.

Admitida tal petición, Lúculo llamó a un esclavo a quien le anunció que esa noche cenarían en el salón de Apolo.

Llegada la hora, se presentaron Cicerón y Pompeyo, quienes quedaron absortos al contemplar la imponderable suntuosidad de una cena que debió haber costado una inmensa suma.

-¿Qué es esto? preguntó Cicerón, quien acto seguido dijo a Lúculo que semejante cena no podía disponerse sin que él diera órdenes para ello, por lo que había faltado a su palabra de no hacerlo.

-Estás equivocado, respondió Lúculo. En mi casa cada una de las salas de comer tiene su gasto señalado y, cuando previne se sirviera la cena en la sala de Apolo, ya sabía muy bien lo que me había de costar.

ENCUENTRO INOLVIDABLE

Este curioso hecho referente al famoso cantante de ópera Robert Stagno (1836-1897) es una demostración de la popularidad que logró alcanzar en todas partes. Ocurrió cuando el célebre tenor italiano residía en Londres y cantaba en el teatro Drury Lane. Una noche invernal, tras terminar su actuación en la representación de la ópera “Rigoletto”, salió a la calle sin abrigo alguno y pletórico de esa noble confianza de la juventud.

En medio de la gran neblina y el frío que pesaba sobre la capital inglesa, Stagno pudo notar que le perseguía un caballero que llevaba puesto un cumplido gabán. Al doblar una esquina se detuvo y el caballero hizo lo mismo.

¿Será un ratero? -se preguntó el artista- encogiéndose de hombros. Prosiguió su camino, hasta que poco a poco el desconocido personaje se fue acercando a él. Cuando lo alcanzó, se despojó del gabán que estaba forrado de ricas pieles y se lo echó sobre los hombros al tiempo que le dijo:

-Perdone usted.

Como Stagno manifestó su extrañeza con palabras pronunciadas en francés, el caballero le respondió en el mismo idioma:

-Me he tomado la libertad de abrigarlo a usted con mi gabán, porque el mundo artístico se perjudicaría mucho si perdiera a uno de sus hijos más notables. Usted iba sin abrigo y era del todo probable que, como consecuencia de ello, la neblina y el húmedo frío de la noche perjudicase de alguna manera la admirable voz que la Providencia quiso concederle.

Aún sin haberse recuperado de su sorpresa, el cantante preguntó con un gesto:

-Y usted, ¿con qué se abrigará en este momento?

El gesto no pasó inadvertido para el desconocido, quien le contestó sonriente:

-Yo soy un pobre diablo y nadie sentiría mi pérdida, con excepción de los seres que constituyen mi familia. Además, tengo un pecho bastante robusto y a prueba de constipaciones peligrosas. Así que no debe usted preocuparse por mí.

Cuando Stagno se manifestó interesado por conocer el nombre de su entusiasta admirador, éste le anunció que en uno de los bolsillos del gabán hallaría tarjetas suyas y, acto seguido, dio media vuelta y se alejó presuroso.  

El artista empezó a buscar en los bolsillos, en uno de los cuales encontró varias tarjetas. Todas tenían grabado el nombre “Georg Strafford, Marqués de Derby”.