Periodico Express de Nayarit
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UN PEDACITO DE HISTORIA: Mujeres de la Legión de Honor  

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2014 / 06 / 12

Durante la guerra, acabada con el Tratado de Versalles, no fueron pocas las mujeres valerosas y caritativas merecedoras de las insignias de la Legión de Honor. Antes de ese acontecimiento fueron escasas las féminas que tuvieron el orgullo de ser reconocidas de tal modo. Todavía se recuerda como algo raro en Francia la premiación con la cruz de la Legión en 1851 a Angélica Duchemin y a Mme. de Ragis, esposa del alcalde de Oizon. La primera fue soldado en las campañas de Napoleón y fue admitida en los Inválidos, donde murió en 1859. La segunda defendió el archivo municipal y evitó que lo robaran y quemaran; y fue gravemente herida en su pelea contra los malhechores. En 1852 obtuvieron la cruz las religiosas Elena, Juana y Bárbara Claire y, en 1853, la superiora de las hermanas de San Vicente de Paúl, madame Rendu, por su noble y animosa conducta contra los que pretendieron destrozar el Hotel-Dieu en París. Desde 1875 hasta 1879 fueron 12 las religiosas galas que merecieron la cruz de la Legión de Honor en Francia, además de dos en Argelia y de otras cinco en las colonias francesas.

En 1877 y 1878 obtuvo la medalla militar y aquella cruz la srta. Julieta Dudu, por su valeroso comportamiento durante la guerra alemana; y otro ejemplo que merece aparecer en esta relación es el de la insigne viajera y publicista Juana Dieulafoy, quien la logró en 1886 y quien, como es sabido, recorrió y describió  Persia y la Caldea. Una de las últimas en recibir tal distinción, pero en el grado máximo, fue la soberana de Madagascar Ranavalona III, a quien el gobierno de Francia envió el Gran Cordón.

Para terminar este catálogo, considero curioso recordar la primera mujer que obtuvo la cruz de esa Orden. En el regimiento 27 de infantería que peleaba en Portugal durante la invasión napoleónica en la Península figuraba un sargento, tan fino en su aspecto y maneras como famoso por su valor, al que soldados y compañeros pusieron el mote de “el sargento bonito”. Aquel militar era la joven Virginia Ghesquiére quien, vestida de hombre, se había presentado a servir en las filas en lugar de un hermano débil y enfermo, al cual sus padres querían sobremanera. Virginia aprendió la instrucción, fue a España con los invasores y se batió muchas veces con fortuna, al punto de conseguir el grado de sargento, sin que nadie supiera su verdadero sexo. Pero en uno de los encuentros más rudos que sostuvo su regimiento en 1808 con los aliados en Portugal, vio a su coronel en peligro de muerte rodeado por varios ingleses, contra los cuales se batió y salvó a su jefe, aunque a cambio de una herida en la cadera. Terminada dicha acción, el cirujano del batallón se apresuró a curar al “sargento bonito”. El herido se resistió a desnudarse, por lo que el cirujano ordenó a los practicantes quitarle los pantalones para poder él “remendar su pellejo”. Y no hubo remedio. Primero en la enfermería, y luego en el ejército, se supo que se trataba de una mujer.

Sus compañeros declararon que se había hecho acreedora a un premio por su heroico valor. Y, aunque se trataba de una hembra, el emperador Napoleón concedió por primera vez a una persona del bello sexo la cruz de la Legión de Honor a la insigne Virginia quien, pese a las tantas campañas en las que tomó parte, murió en Francia poco antes de cumplir los 100 años de edad.

Algún tiempo después de la condecoración de Virginia, fue también agraciado por el emperador otro sargento femenino, la joven belga María Shellinck, quien sirvió en las filas de los ejércitos de la primera República y en las crónicas de la época figuraba con el nombre de “le sargent de Jemmapes”, por su destacada ejecutoria en esa batalla.

La relación inicial de los nombres de varias de las mujeres que se han alzado con el gran reconocimiento que representa la cruz de la Legión de Honor, y los datos brindados respecto a las circunstancias bajo las cuales lo obtuvieron las dos primeras fueron, dada su curiosidad, el punto de referencia en el que me apoyé para escribir en esta ocasión sobre el valor la mujer en cualquier aspecto de la vida un pedacito de historia.