Periodico Express de Nayarit
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UN PEDACITO DE HISTORIA : EL MAL DE OJO     

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2014 / 05 / 29

Desde los tiempos de los pueblos salvajes y bárbaros se cree en la existencia de individuos cuya mirada es fatal para la persona o cosa que la recibe; y aún en la civilización hay quien piensa que se autoembruja si se mira en un espejo o en el agua mansa de un estanque. Los griegos llamaron “baskania” a esta creencia tan antigua y general; los latinos la nombraron “fascinum”; los ingleses “evil eye”; los alemanes “boser Blick”; los italianos la bautizaron como “suriana”, “malocchio” y “jettatura” y como “mal de ojo” la conocemos nosotros.

Los pueblos salvajes sintieron siempre un verdadero terror por esta influencia maligna y crearon infinidad de amuletos y otros medios para librarse de ella.

En el sur de Abisinia se implantó la costumbre de cerrar herméticamente las puertas de las casas en el momento de servirse la comida, a fin de bloquear la entrada a los espíritus malévolos o a las personas que pudiesen producir el mal de ojo. Cuando un abisino de cierta categoría bebía cualquier líquido, un criado tapaba su cara con un pañuelo para evitar las mismas consecuencias.

El cambio de ropas entre hombres y mujeres, tan común en algunos países, sobre todo en el acto del matrimonio, no ha tenido otro objeto que el de evitar el mal de ojo. Entre los espartanos, la novia se afeitaba la cabellera y se vestía como un hombre, y de ese modo se mantenía hasta el día siguiente de la boda. Entre los brahamanes del sur de la India se ha practicado un hábito análogo; y entre los khangas el novio se atavía con prendas y adornos de mujer y, para rechazar los efectos del mal de ojo, esgrime un puñal en la mano y se le tizna la frente con hollín, a fin de afearlo y desfigurarlo, en virtud de que los vestidos femeninos lo embellecen y la hermosura atrae al maleficio.

En ciertos lugares de Marruecos se cree todavía que el agua de lluvia del 27 de abril mezclada con alquitrán sirve para librar al trigo de sus efectos.

Como ya se apuntó, los griegos tenían esta creencia y poseían infinidad de remedios. La misma estaba tan arraigada que hubo autores como Plutarco que trataron el asunto científicamente.

En la antigüedad clásica era un hábito general el uso de las manos haciendo “la higa” y el de los dedos en forma de cuernos, como para evitar el avance del mal de ojo de un supuesto enemigo. Los egipcios, los fenicios y los etruscos utilizaban como amuleto el ojo fascinador u ojo protector.

Los napolitanos y sicilianos tienen el primer lugar entre los pueblos civilizados que cultivan esta creencia, tanto por el número de sus fanáticos, como por las variadas fórmulas que aplican destinadas a evitar sus malos efectos. Prueba de ello es que un gran número de los talismanes y amuletos más notables contra la jettatura hasta se han exhibido en exposiciones. Entre ellos aparecen llaves machos, es decir, macizas, trozos de ágata, herraduras atadas con estambre encarnado, saquitos con sal, pedazos de tela roja, piedras horadadas, cabezas de ajo, anillos de plata y hierro con cuernos, manos y flores colgantes, parrillas de latón, cintas amarillas trenzadas que imitan a un hipopótamo, colmillos de jabalí y de berraco, patas de langosta, cáscaras de huevo llenas de cera con especias y clavos y muchos talismanes y amuletos más que, si en verdad tienen algún poder protector, sería inexplicable que en Italia se pueda temer a la jettatura.

Aun cuando en lo personal no me considero autorizado a dar un juicio crítico sobre el mal de ojo, creo que la experiencia acumulada en mi paso por la vida  sí me permite afirmar que en su supuesto poder para perjudicar la tranquilidad, la salud y la vida de sus fanáticos va implícita una gran carga de oscurantismo. Y cuando digo oscurantismo, hablo de una actitud de oposición a la razón, a la instrucción y al progreso. Y quien tenga alguna duda al respecto, lo exhorto a consultar las estadísticas indicativas de que actualmente es mucho más común esta creencia entre las personas más pobres y menos instruidas.

De cualquier modo me complace haber posibilitado por este medio que, tanto los creyentes en esa influencia maligna como quienes la consideran sólo desde una posición filosófica, hayan podido conocer de ella un pedacito de historia.