Periodico Express de Nayarit
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Un pedacito de Historia : v VENENOS Y ENVENENAMIENTOS

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2014 / 05 / 16

Dos aspectos muy interesantes en relación con el veneno son su historia y su filosofía. La primera tiene un carácter dramático referido a los envenenamientos y ésta es, justamente, lo que constituye el cuerpo del presente trabajo.

Al leer la historia de los envenenamientos entre los griegos y los romanos se puede preguntar si los casos allí consignados son hechos o fábulas; mas no se debe olvidar que las fábulas populares son en general un reflejo de la verdad. En la historia primitiva de Grecia y de Roma se acumulan numerosos ejemplos de envenenamientos. Se sabe que la cicuta era el veneno que los atenienses acostumbraban a dar a los condenados a muerte por la justicia -Sócrates murió de ese modo- y se conoce también que el acónito era empleado con bastante frecuencia entre los romanos. Se deduce que a principios de la era cristiana los romanos hacían uso ya del envenenamiento secreto, aunque no fue hasta la primera mitad del siglo IV que se tuvieron noticias de este crimen entre ellos. En esa época el envenenamiento secreto alcanzó proporciones terribles y fue entonces cuando las mujeres aprendieron el “arte” de envenenar con el fin de deshacerse de sus maridos. Por aquellos tiempos no existía posibilidad alguna de descubrir los venenos por medio del análisis químico, lo que permitió a las mujeres usarlos por espacio de muchos años. Y hubieran continuado así hasta no se sospecha hasta cuándo, de no haber sido delatadas por una esclava. A consecuencia de esta delación fueron ejecutadas 170 damas romanas.

Algún tiempo antes de la toma de Constantinopla, una familia de mercaderes italianos había adquirido tal fama que sus integrantes aspiraban a conseguir el dominio de príncipes. Esta familia asentada en Florencia era la de los Médicis, que, entre 1434 y 1569, dominaron allí despóticamente. Fueron reconocidos como gobernadores hereditarios de Florencia bajo la denominación de grandes duques, cuyo título les fue conferido por el Papa Pío V en 1569. El primero que llevó ese título fue Cosme I, un hombre instruido y que amaba las artes, pero que en su vida privada lo han representado como un malvado envenenador. Mandó a construir un laboratorio, en donde se pasaba el tiempo estudiando la composición y el uso de los venenos. Huelga hablar del vasto campo que tenía para ejercer su perverso arte un hombre colocado a la cabeza de un pueblo, en cuya posición no tenía que temer a las pesquisas ni a las delaciones. Pero, no contento con administrar los venenos en su círculo privado, se los enviaba de diferentes clases a sus embajadores en las cortes extranjeras para que por su conducto se deshicieran de sus enemigos. Introdujo la moda de envenenar no sólo en Italia, sino en España, en Francia y también en Inglaterra. A pesar de lo poco avanzados en conocimientos en que se hallaban entonces los ingleses, la práctica de envenenar llegó a ser entre ellos en una institución doméstica.

La práctica del envenenamiento secreto inventada, por así decir, por Cosme I fue luego asiduamente seguida. Algunos de los Médicis murieron víctimas del arte que ellos mismos habían empleado. Francisco II, gran duque de Toscana, y su esposa Blanca Capello murieron también envenenados; y una multitud de príncipes y de altos dignatarios de diferentes puntos de Italia y de otros países sufrió igual suerte. No obstante, fue Italia la nación en la que más se generalizó este crimen; y era muy común, hace unos dos siglos y medio, ver en el tocador de las señoras italianas un pomito contentivo de un fluido de brillantez cristalina que no era más que un veneno.

Ha habido personas de triste celebridad en esta circunstancia. La marquesa de Brinvilliers fue célebre en Francia por los crímenes que cometió con veneno. Y el envenenador Tofanía, ajusticiado en 1719 a los 70 años de edad, confesó haber cometido más de 600 asesinatos por medio del envenenamiento secreto.

Es notable que la Biblia no aluda expresamente al veneno. Si en alguno de sus pasajes parece verse una alusión a él, ello es sólo una mera conjetura sin confirmar. No obstante, los ejemplos expuestos sobre la evolución del “arte” de envenenar demuestran que su práctica data de tiempos remotos y que, a partir de ellos, escribió esta modalidad criminal su primer pedacito de historia.