Periodico Express de Nayarit
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UN PEDACITO DE HISTORIA : EL PALACIO DE VERSALLES    

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2014 / 03 / 28

El nombre de Versalles va unido a grandes episodios de la historia de Francia y, desde su fundación por Luis XIV (1638-1715) hace más de tres siglos, este sitio ocupa un lugar eminentemente simbólico. Antes de Luis XIV tuvo Versalles  poca o ninguna luz. Era una aldehuela oscura, situada en un lugar pantanoso y alejado de los principales caminos del reino. Su padre Luis XIII (1601-1643), gran cazador como todos los Borbones, mandó hacer allí un pequeño palacete para abrigarse él y su séquito en las cacerías. La primitiva quinta determinó el carácter de las construcciones de Luis XIV, quien hizo de la residencia uno de los más suntuosos, elegantes y admirables sitios de placer para un monarca.

 Allí dio exquisitas fiestas, cuyas regias diversiones formaron la historia de sus primeros años. La gran fiesta de los Placeres de la Isla Encantada, celebrada en la primavera de 1664, duró tres días. Ella fue luego eclipsada por otra más monstruosa, que tuvo lugar en 1668, y fue la mayor de todas las que diera Luis XIV. Se hizo dos meses después de la paz de Aquisgrán. La conducción de las aguas acababa de hacerse a fuerza de oro y las célebres fuentes corrieron por primera vez, lo que fue uno de los grandes acontecimientos entre la música de Lulli, las comedias de Molière, el teatro al aire libre, los banquetes en salones y grutas, las iluminaciones, los bailes y los fuegos artificiales.

Poco después se dio la orden de transformar y agrandar el edificio, alrededor del cual empezó a crecer la ciudad. El rey ofrecía grandes facilidades, regalaba terrenos, suprimía impuestos y Versalles se hizo grande. Ya en 1678 Mansard había construido otro palacio de grandes proporciones. Le Nótre le acompañó en las obras y se hizo el Gran Canal, el parque de 43 kilómetros de contorno, el patio de los naranjos, las grandes fuentes, los estanques, los lagos, etcétera.

En la Gran Galería de los Espejos fue donde en 1918 se firmó el tratado de paz. Inaugurado en 1683, es un salón espléndido decorado con gran gusto. Su magnificencia debió ser incomparable en tiempos de Luis XIV con sus muebles de plata, sus exquisitas obras de orfebrería gobelina, sus vasos de pórfiro, sus estatuas antiguas, sus inmensos tapices y sus hermosas arañas colgadas.

Cuando empezaron los reveses del reino, todo el mobiliario de plata se envió a la Casa de la Moneda de París para convertirlo en dinero y atender con él la defensa del país. Las otras maravillas fueron desapareciendo con el tiempo. De tanta riqueza sólo quedaron varios de los famosos espejos, que le dan nombre a la galería, y algunos trofeos de cobre sobre mármoles, cincelados de acuerdo con los modelos de los artistas de la época. Esta especie de belleza real, única en el mundo, fue testigo de todo lo que se vio y escuchó en aquel salón.

Al reunirse los comisionados de las diferentes naciones para firmar el tratado de paz en 1918, con seguridad acudieron esos recuerdos a su mente y varios verían reproducidas escenas de la proclamación del imperio alemán el 18 de enero de 1871. Luis XIV había dado a Francia la Alsacia y, en su misma casa, su lugar predilecto, los alemanes la incorporaron a su imperio; y allí mismo ese trozo de terreno disputado entre las dos naciones, pasó de nuevo a ser francés.

En el palacio de Versalles se firmaron el tratado de 1685 con Génova, el de 1756 con Austria y el de 1783, que garantizó la independencia de los Estados Unidos. Este sitio fue teatro de las famosas jornadas del 5 y el 6 de octubre de 1789. Allí entraron las turbas cuando la revolución y obligaron al rey a marchar a París. Durante la guerra de 1870-1871 radicó en ese lugar el cuartel general del rey de Prusia, y en él fue éste proclamado emperador de Alemania. Luego fue sede del gobierno francés que desde allí dirigió las operaciones militares en contra de los comuneros.

Independientemente de la magnificencia de su construcción y lo maravilloso de su ornamentación primitiva, el hecho de haber servido de sede al desarrollo de actos culturales y políticos como los antes descritos, no deja lugar a ninguna   duda en cuanto a que en las paredes de este palacio de Versalles ha quedado encerrado sobre Francia y sobre el mundo un importante pedacito de historia.