Periodico Express de Nayarit
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UN PEDACITO DE HISTORIA : EL DIABLO EN EL ARTE

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2014 / 01 / 16

El concepto de ser maléfico, de naturaleza inferior a la divina, pero siempre superior a la del hombre y provisto de poderes prodigiosos, existía ya entre los antiquísimos caldeos, persas y egipcios. Mas el verdadero diablo, Satanás, Lucifer o Belcebú como se le quiera llamar, el príncipe del mundo o ángel de las tinieblas, proviene del Antiguo Testamento y tomó vida y forma con el cristianismo. Su esencia está bien definida: un ángel caído, rebelde a Dios, arrojado del paraíso y hundido en el infierno, desde donde viene a la tierra a tentar y corromper a los hombres.

En el arte, el diablo se insinuó gradualmente a medida que se formaba la iconografía cristiana, que lo ha representado opuesto a Dios. Es un ser horrendo, multiforme y de diversas apariencias, frente a la inmutable majestad del creador. En el desierto de la Tebaida, entre los anacoretas que iniciaron la vida monástica, acaso el malo tentó por primera vez a la imaginación humana. Y como la tradición del arte helenístico era tan vivaz en aquellos parajes, las primitivas efigies diabólicas, aunque en parte unidas a cierta liturgia exorcista de origen hebreo, eran del tipo griego-oriental y se encontraban en las iglesias edificadas durante los primeros siglos en Egipto, Siria y Asia Menor.

En la pintura bizantina asumió aspectos más definidos, en los cuales se estableció particularmente el asunto del Juicio Final, de mucha importancia en al arte cristiano, y que se ha repetido a lo largo de los siglos. En él aparece Satanás como indispensable personaje y empieza a representar su papel. A los pies de Cristo-Juez se desenvuelve una escena singular llamada “psicostasia”, en la que se ve al arcángel San Miguel con una balanza pesando las almas, mientras que el demonio está representado junto a él recibiendo a los condenados a penas eternas. Por regla general se le personificaba de manera rudimentaria como un ser pequeño, alado y de rasgos borrosos y sombríos. Según el carácter del arte bizantino, la representación era absolutamente abstracta y simbólica. Y con este Satanás se trasladó a occidente el diablo, que invadió el arte romántico y gótico.

La Edad Media fue la época más pura de la fe y, aun cuando parezca paradójico, fue también la verdadera época del diablo. En aquel tiempo el malo era omnipotente y la gente lo veía en carne y hueso. El hombre medieval vivía en un mundo de miedo y de esperanzas referente a la vida futura, al más allá. El pensamiento terrorífico del Juicio Final estaba en la mente de todos. En la representación del juicio de un alma, ubicado en la famosa luneta de la Catedral de Autum, el diablo se agarra a uno de los platillos de la balanza, para hacerla pesar a su favor.

Al llegar el arte gótico hubo algunos cambios, como la disminución del monstruoso  miedo del comienzo medioeval y el surgimiento del artista laico, con el cual adquirió la representación rasgos más humanos y dramáticos. En la Catedral de Bourges se halló un pequeño Satanás junto al arcángel gigantesco.

En el arte italiano se ha visto al diablo de otro modo. En la cúpula del Baptisterio de Florencia se concibió un diablote de gruesa cabeza y delgados brazos y piernas, todo de color verde azulado que lo asemeja a una enorme rana. Tiene barba y dos cuernos y dos orejones, de cada uno de los cuales sale una serpiente que va a tragarse a un condenado. A pesar de todo no espanta, y no debe ser porque allí falte la fe, sino más bien porque probablemente en la fe predomina un optimismo razonado. Vale tener en cuenta que el pensamiento de la otra vida lo heredó el italiano de los etruscos, mucho antes de aprenderlo con el cristianismo.

Con el Renacimiento, que fue ferviente en la admiración de la antigüedad clásica, la imagen del diablo se fue haciendo rara en Italia. Sin embargo, en los países nórdicos se le dio mucha importancia y de Francia se propagó a Flandes y Alemania. Esteban Lochner pintó diablos que parecen osos. En la famosa estampa grabada en Durero, la figura del demonio va acompañada de la de la muerte y las de los pintores flamencos Bosch y Breughel el viejo superaron a todas las fantasías saturninas.

El siglo XVIII, tan refinado, adornado y escéptico no tuvo mucho en cuenta al diablo. Goya pintó un diablo en sus “Caprichos”, del cual sólo quedó lo burlón y lo deforme. Mientras, nació en Inglaterra el Satanás a lo Milton, de belleza decaída y ambigua.

En el siglo XIX le llegó a Satanás su nueva estación con el Romanticismo. Luego la idea del demonio hubo de complicarse con literatura y estetismo de gustos sacrílegos y decadentes.

Como se ha visto, el diablo es un elemento protagónico mantenido en la obra de los artistas de diferentes épocas desde la Antigüedad. Tal circunstancia implica que este ser maléfico tiene también en el arte un pedacito de historia.