Periodico Express de Nayarit
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UN PEDACITO DE HISTORIA : La infancia de un gran escritor

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2013 / 12 / 20

Como el poeta y pensador alemán Johan Wolfgang von Goethe (1749-1832), otro héroe de las letras, el escritor francés François Chateaubriand (1768-1848) fue comprendido y alentado por su madre. La educación del ilustre autor de EL GENIO DEL CRISTIANISMO se asemejó a la del célebre autor de FAUSTO. Los dos  gozaron la dicha de tener una madre inteligente y de espíritu muy poco común, y ambos sufrieron también por tener un padre meticuloso y siempre opuesto a sus gustos e inclinaciones. Estos dos grandes hombres repitieron infinidad de veces que a su madre debieron su gloria, además del honor de su existencia.

   Adolphine Bée, condesa de Chateaubriand y una bella y distinguida mujer fue la madre del escritor francés. La víspera del alumbramiento de François, quien fue el décimo y último de sus hijos, Adolphine recibía a sus amigos y hablaba apasionadamente de política y de literatura, algo que la distraía enormemente de sus pesares íntimos, pues entre ella y su esposo no había gustos comunes.

   El 4 de septiembre de 1768 la condesa podía ver desde su lecho en la espera del nacimiento de su hijo una parte desierta de la ciudad de Bretaña y una gran extensión de mar que chocaba contra las rocas. Después se desató una terrible tempestad, en medio de la cual aguardó con serenidad la llegada al mundo del futuro escritor.    

   Parece que ese fenómeno influyó en la compleja y complicada vida del émulo de Napoleón. Si el valiente corso fundó un imperio, Chateaubriand creó el suyo, el intelectual. Adolphine legó a su hijo su hermosura, su prodigiosa memoria, su carácter con mezcla de alegría y tristeza y sus gustos literarios y mundanos. El conde, siempre preocupado sólo de sus negocios, era taciturno y reservado. La mayor obsesión de su vida fue obtener el castillo de Combourg, propiedad de sus ancestros, que logró adquirir a fuerza de trabajo y de grandes economías.

   La espiritual esposa se fastidiaba en esa morada triste y solitaria, mientras su compañero se sentía allí orgulloso, pues le recordaba a sus nobles y brillantes antepasados. Y en aquel castillo transcurrió la infancia de François junto a su hermana Lucila, con quien compartió su romántica melancolía. La afinidad de sus gustos hasta provocó que se hicieran diversos comentarios y que surgieran varias versiones acerca del amor entre ambos hermanos. Se ha asegurado que en la obra RENÉ el escritor y Lucila son los verdaderos protagonistas.

   A favor de su padre hay que decir que, a pesar de sus defectos, era honrado y laborioso, locuaz con sus amigos y que todas la noches, antes de ir a dormir, depositaba un beso en la frente de cada uno se sus hijos. Chateaubriand fue en realidad poco indulgente al juzgarlo. Lo describió un Don Quijote insociable y retraído, un tipo de leyenda víctima de su carácter y de su físico, de quien sin embargo más tarde admiró y reconoció que la educación de él recibida había forjado su valor.

   Igual que su madre François se aburría en el castillo y con gran frecuencia se le veía jugando en la playa con niños de su edad, con los cuales hacía torres y montículos de arena y mostraba gran alborozo cuando las embravecidas olas destruían sus frágiles construcciones. A menudo llegaba al hogar con el cabello en desorden -como lo llevó toda su vida-, con la ropa desgarrada y cubierto de cieno. Su inteligente madre fue haciendo desaparecer poco a poco esos malos hábitos, al tiempo que le inculcaba los sentimientos más hermosos. Lo llevaba a pasear y con él admiraba los atardeceres otoñales y las poéticas puestas del sol. Juntos observaban a los pajaritos en sus nidos y se extasiaban ante el piar de aquellos indefensos seres. De estas y otras vivencias junto a su progenitora sacaba François una  conclusión moral o una enseñanza, que su mente infantil retenía con una facilidad extraordinaria.

   De lo que escrito hasta aquí se puede inferir que la naturaleza dotó muy bien a Chateaubriand, y que también es justo reconocer el aporte de su madre en la función de estimular y desarrollar sus potencialidades. Por eso escogí la etapa de la infancia de este gran escritor, para dejar aquí plasmado acerca de su vida un pedacito de historia.