Periodico Express de Nayarit
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UN PEDACITO DE HISTORIA : Los jardines colgantes de Babilonia      

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2013 / 11 / 07

Muchos sostienen que fue la reina Semiramis quien imaginó hacer jardines suspendidos sobre columnas y que, luego de ella, todos los que fueron grandes en Babilonia tuvieron sus jardines concebidos de la misma manera. Aunque no se sabe si esto es verdad, sí hay dibujos y relieves de hace miles de años, aún conservados, que acreditan la costumbre de los babilonios de edificar y hacer plantaciones sosteniendo la tierra sobre pilares. También se dice que otra reina llamada Amytis, esposa de Nabucodonosor, lloraba todo el día al recordar las verdes arboledas y los frescos arroyos de los jardines de su padre. Verdad es que no había nada más desolador que la tierra de Caldea, y la pobre reina, que procedía de un bello país montañoso, tenía razón. Entonces el rey, quien la quería mucho, ordenó edificar una inmensa montaña de terrazas escalonadas que descansaban sobre bóvedas de ladrillos bien cementados y sostenidas por pilares de 22 pies de circunferencia.

Esas terrazas fueron cubiertas de tierra sobre planchas de plomo que servían para proteger a la mampostería de la humedad. En ellas se plantaron alamedas y paseos de árboles traídos de lejanos países y rosaledas que florecían todo el año, regados por arroyuelos y cascadas que corrían por verdes praderas, para que la reina y sus damas pudieran jugar descalzas. La montaña se dividió en cuatro terrazas y en la última, que era como la cima, estaban las bombas que subían el agua del río Éufrates por tuberías escondidas dentro de la edificación.

Estos jardines fueron un portento que los griegos consideraron entre las siete maravillas del mundo. Se sabe que eran sombríos en las alamedas y llenos de luz y colores en las plazoletas; que para hacerlos se trajo la tierra más negra y migosa de los huertos de Bagdad a orillas del Tigris; que en ellos florecían las plantas más extraordinarias y que un inmenso depósito de agua extraída del río mantenía la frescura del suelo.

Para poblar los árboles se soltaron miles de pajaritos, traídos en jaulas desde los bosques de la India. Sus colores eran tan brillantes, que se veían cual flores volantes. La reina Amytis mandó hacer su casa en los jardines y, ya instalada, dejó de extrañar las montañas de frescas sombras de su país de origen.

Nada queda ya de estos jardines. Hasta el lugar que ocupó Babilonia hubo de ser ignorado por muchísimos años. Afortunadamente por sabios consagrados a la búsqueda, se conoce hoy día el sitio de su emplazamiento. Cada montículo o cada terraza removida han devuelto restos de la gran ciudad y hacen indudable el éxito del hallazgo.

El montículo llamado Kan asombró a los sabios por la excepcional hermosura de los ladrillos que encerraba, todos primorosamente moldeados y estampados con garras de león y figuras de hombres y animales. El cemento que los unía era superior al que ahora se conoce, y todavía no se ha encontrado el secreto de su composición. En las pesquisas se pudo comprobar que éstos eran restos del palacio del rey Nabucodonosor.

En el terraplén llamado Babil se hallaron materiales que en principio dejaron confusos a los sabios: tuberías y pedazos de planchas de plomo y de enormes columnas, todo mezclado con arcilla y humus. Por estudios posteriores se supo que en aquel lugar fue donde radicaron los célebres jardines colgantes. Luego se supo también que en su construcción se emplearon miles de esclavos y que debieron ser hechos en poco tiempo.

Un historiador que vivió el siglo anterior al nacimiento de Jesucristo afirmó que la construcción del palacio de Nabucodonosor tardó sólo 15 días. Nadie le hizo mucho caso, hasta que en las ruwinas de Babilonia se halló un cilindro con estas palabras del mismo rey: “...En 15 días he completado la magnífica obra”.

 Y si los babilonios fueron capaces de edificar un palacio en tan poco tiempo, aunque todo estuviera perfectamente dispuesto y preparado, bien pudieron en igual o hasta en menor lapso haber hecho esos maravillosos jardines, maravilla del mundo antiguo sobre la cual he narrado aquí un pedacito de historia.