Periodico Express de Nayarit
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UN PEDACITO DE HISTORIA : Los cantores de la Edad Media      

Por el licenciado José Antonio López Espinosa

2013 / 10 / 25

Hubo tiempos, acertadamente llamados por alguien de la caballería poética. Entonces románticos cantores, con laúd al hombro, henchida de amor el alma y desplegadas las alas de su ardiente fantasía, se consagraban a los encantos de una mujer, en honor a la cual acudían a galantes torneos intelectuales. En esos torneos hacían ostentación, no de su destreza en la danza o en el manejo de la espada, sino de la prontitud de su ingenio, la brillantez de su imaginación y la delicadeza de sus sentimientos.

La inspiración de esos poetas medioevales se adaptaba a las exigencias del ambiente particular de cada región que visitaban. De tal modo que Grecia tuvo sus rápsodas, igual que Francia e Italia sus trovadores, Inglaterra a sus bardos y Alemania a sus minnesingers (mine, amor; singer, cantor). Estos últimos eran artesanos que mantenían en sus horas de ocio el culto a la poesía olvidada por los caballeros componiendo poemas y entonando cantos líricos.

Pero trovadores fueron principalmente los poetas de la antigua provincia de Provenza en Francia, a quienes es bueno advertir que no se les debe confundir con los juglares. Los primeros, autores de la letra y de la música, pertenecían a la nobleza; los segundos eran sólo recitadores que con frecuencia organizaban comparsas y agregaban la mímica y la declamación a los poemas que habían aprendido. Eran pues simples vagabundos cantores que se ganaban así la vida en aquella época romántica y soñadora.

Aunque el más antiguo de aquellos cuyas poesías han llegado hasta nuestro tiempo fue Guillermo IX, conde de Poitiers y Alquitania, que vivió en la segunda mitad del siglo XI, sus críticos presumen que, dada la perfección y elegancia en su terso lenguaje, es posible que las rudimentarias canciones de otros muchos trovadores anteriores hayan sido el antecedente de las variadas combinaciones de sus rimas y de la delicada armonía de sus versos.

Príncipes hubo que abandonaron el esplendor de su palacio para emprender peligrosos viajes con la esperanza de ser acogidos en el castillo de su amada, a quien no pocas veces conocían sólo por las alabanzas que se tributaban a su virtud y a su belleza. Y más que a sus títulos de ricos y de poderosos señores, confiaban los enamorados galanes el éxito de la conquista que pensaban lograr a su gentil apostura, a su destreza en el trovar y al apasionado acento que en verdad pudiera conmover el hasta entonces inaccesible corazón de la hembra.

Realmente, en aquellos tiempos en los que la vida dentro de los castillos -tan celosamente guardados por adustos guerreros- transcurría monótona y tediosa, era un acontecimiento muy importante la llegada, no ya de los trovadores de la nobleza, sino aun la de los juglares, quienes por algunas monedas cantaban o recitaban obras ajenas. La vida misteriosa de las selvas, la delicadeza del amor y el ansia de hazañas portentosas eran por regla general los argumentos de las canciones caballerescas.

Hechas al principio sin arte, esas composiciones se acompañaban con laúd o viola en un tono intermedio entre la canción y la melopeya. Fue tal la influencia que ejercieron en aquella época, que desde entonces se comenzó a preparar el espíritu sediento de aventuras que en los descubridores y colonizadores de los siglos XV y XVI habían de maravillar al mundo.

La afición por la poesía se llegó a convertir en culto y, si en aquellos tiempos no eran tantos los que sabían leer, no era difícil encontrar en los salones de la hermosa región de Provenza a alguien diestro en el arte de trovar bellamente, es decir, de disponer las palabras en la forma armoniosa que halagara el oído al tiempo que conmoviera el corazón.

Mucho es lo que pudiera seguir escribiendo sobre los cantores de la Edad Media. Pero, como el espacio disponible se está acabando, he de terminar aquí esta incursión por tan interesante tema. De cualquier manera, espero que los lectores sientan alguna complacencia, luego de haber leído al respecto este pedacito de historia.