¡MANUEL!, ¡NO TE HAGAS GÜEY!

Francisco Javier Nieves Aguilar

Para desahogar las penas no había mejor lugar que el “Sal y vaso”: “¡Hic! ¡Hic!, por ellas, aunque mal paguen!”.

Las pláticas se convertían en un devenir casi interminable. Humo de cigarro, olores, alientos, gases intestinales y lágrimas se mezclaban en ese ambiente de cantina.

El barman –cantinero- era para ellos el amigo y confidente, el curandero, el padre, el consejero: “¡Manuel!, ¡Manuel!, no te hagas güey y sírveme otro changuirongo”. Tequila y refresco de cola, un poco de sal y limón; “gluc gluc, ahhhhhh”.

Chaparrón, güero y la clásica barriga del cantinero, así era Don Manuel Ibarra, un hombre cuyo oficio le permitió conocer a los borrachines más empedernidos de Ahuacatlán. Siempre atrás de la barra, soportando los insultos, enfrentándose a la terquedad de los necios.

Junto con “El Capri” y “La Trinca”, “El sal y vaso” fue una de las cantinas más frecuentadas de la segunda mitad del siglo XX. El sitio ideal para aliviar las “crudas”, para el reposo cotidiano, para el chisme de barriada, para la broma y para muchas otras cosas más.

Sobre sus mesas de madera, en tanto se engullían el clásico “changuirongo” que Don Manuel les preparaba, los beodos que solían frecuentar este lugar lo mismo hablaban del difunto recién fallecido o de la infidelidad de fulana o de zutana.

Tampoco podía faltar el comentario mordaz, los albures: “Chano, chano; me duele mucho la cabeza”, “¡Chupa limón, con eso se te quita!”. “¡Que lo chupe la más vieja de tu casa!”.

Quizás no como hoy, pero también se abordaban temas políticos y no fueron pocas las veces que los borrachines se enfrascaban en sonora discusión: “¡Y arriba el fogón, jijos del máiz!”. “¿Táz loco?, ¿Quién le topa a Chuy el Médico?”. “Jejejejeje, no se hagan bolas y hay que apoyar al Güero Búscalas”.

En sus inicios la cantina “El Sal y Vaso” se ubicó sobre uno de los Portales que se localizan frente a la Presidencia Municipal, justamente donde funcionaba la antigua tienda “La Fama”; pero después el negocio se cambió a la esquina de las calles Matamoros y Durango, en el Barrio de La Presa.

El establecimiento era propiedad de Don Antíoco Rodríguez, aquel que fuera diputado local, diputado federal y gobernador interino. Después pasaría a manos del señor Cuco Llamas, músico notable, pionero de la primera orquesta que se fundó en Ahuacatlán.
Sus muros fueron testigos silenciosos de incontables sucesos, hechos chuscos, graciosos, risas, como las que sostenía don Chuy Reynosa, de quien se dice era bravo para los “carambazos”; o como Chilo Arana, cuyo domicilio se ubicaba en la colonia El Llano.
Juan Rodríguez “El Maletas”, era otro de los rijosos. Bastaban dos o tres tragos de Tequila Miramontes para iniciar la pelea. Otros acudían por el gusto de tomar y de jugar baraja, dominó o cubilete; tal era el caso de Chano Ruiz y de Bernardo López -el finado vendedor de pollos-.

“El Botete” era uno de los que podían amanecerse embebecido en el alcohol, al igual que como ocurría con Roberto y Tiburcio Arciniega, “El Sapito” y su hermano “El Tecolote”.
Porfirio Sánchez y Jesús Aguilar solían madrugar a echarse su alipuses, mientras que el famoso “Güero” Amado acudía para alegrar el ambiente con sus bromas, sus dichos y una que otra poesía: “Oh dulcísimo maguey/ tú que fuiste plantado y transportado por cerros, majadas y aldeas/ y que fuiste bautizado con cagada, mecates y alambres/ que siempre tomamos por costumbre/ por tantos sufrimientos y merecimientos/ no dejaré ni los asientos”.

De día o de noche, pero el “Sal y Vaso” casi nunca estaba solo. Los trasnochados muchas de las ocasiones eran sacados a empellones para dormir en la banqueta, pero al despuntar el sol ya estaban en la puerta, esperando el arribo de Manuel el cantinero: “Ay Manuelito, necesito un “changuirongo”; cargo una cruda de los mil diablos”.

La cantina dejó de operar a principios de los 90`s y sus puertas y ventanas, así como la barra de madera desaparecieron hace escasos meses para dar paso a una moderna finca de uso particular, pero dicen que de vez en cuando se escucha la voz del cantinero que exclama: “¡Adelante caminante, que la noche es joven y bella!”.

 

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