LOS VELORIOS, EN EL SUR

Francisco Javier Nieves Aguilar

¿Té o café?, pregunta el joven empleado. La mayoría prefiere el primero de los aromáticos. Luego se acerca otro chavalo que, cargando un canasto, ofrece galletas o panecillos. Ambos trabajadores portan playera morada con la leyenda de una funeraria.
Bajo la carpa, los dolientes cuchichean entre sí. Algunos cruzan sus brazos. Otros permanecen cabizbajos, pero todos dirigen su vista con frecuencia hacia el interior de la finca o hacia donde están el féretro y el altar.

El llanto de los deudos es conmovedor. Los más sensibles, aun sin ser familiares del difunto, lloran también; quizás no tanto por el fallecimiento, sino por ver o sentir el dolor ajeno.

Aunque la esencia sea la misma de antaño, los velorios de hogaño, al menos en la zona sur de Nayarit, sí son un tanto distintos a los de hace años. Sobre todo en lo que se refiere a la logística y costumbres. Tal vez la atención brindada a los asistentes es ahora más cercana y de mayor confort.

Anteriormente, la carga total de un velorio recaía en los familiares, empezando por los trámites funerarios, como el acta de defunción, traslado de cadáveres, arreglo de altares – incluyendo velas e imágenes-. Hoy las cosas han cambiado un poco porque es la misma agencia funeraria la que se encarga de esas cosas.

En los velorios de épocas pasadas se tenía que recurrir al apoyo de familiares y vecinos. Algunos lo hacían donando una olla de café, otros proporcionaban las velas o el pan. Los acompañantes se sentaban en bancas de madera prestadas por el Comisariado Ejidal o por el sindicato de albañiles, en la banqueta o en donde se pudiera. No se usaban las carpas. Habría que soportar el sol o la lluvia a como diera lugar.

Actualmente, si el velorio se realiza en el domicilio del difunto la misma agencia funeraria instala una carpa y proporciona las sillas, pero el “paquete” puede incluir también café y pan; incluso platillos de comida.

En tiempos pretéritos era también muy común que los rezos y cánticos los dirigiera una mujer devota, de esas que acostumbran asistir mucho a la iglesia. Ahora suele recurrirse a un sacerdote o a algún miembro de algún grupo religioso, mientras que el coro eclesiástico se encarga de cantar.

Eso sí, se mantiene la costumbre de que los familiares o amigos lleven el tequila “para soportar mejor la noche” y desde luego no falta el borrachito empedernido que suele importunar durante el velorio: “¿Y de que murió mi compadre eh?”…. “De fiebre amarilla”… “¡Bonito color ehh! ¡Bonito color!”.
La hora más concurrida es entre ocho y diez de la noche. A partir de ahí se va despejando el área. Poco a poco, de dos en dos, de tres en tres, la gente va abandonando el velorio hasta dejar sólo por completo al difunto. Únicamente los familiares permanecen en pie; solo reposan por momentos.

Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos.
También cobra más fuerza el hecho de llevar flores o coronas. Los arreglos son variados, dependiendo de su costo. Hay coronas o arreglos muy ostentosos que van desde los 500 hasta los dos mil pesos; pero es aquí donde también entra en escena el protagonismo, pues la gran mayoría suele enviar sus ofrendas con una cinta en la que plasman su nombre o el nombre de la institución que la entrega.

Los velorios son un momento necesario para honrar al familiar o amigo difunto, demostrándole afecto. Las expresiones de dolor son muy naturales, y el manifestar a los familiares del difunto nuestras condolencias, y nuestra participación en su dolor, es no sólo algo positivo, sino de elemental amistad, una muestra de educación y el cumplimiento de una de las obras de misericordia: consolar al que está triste.

Claro que hay exageraciones, y hasta farsas hipócritas; pero son las menos y esto no debe desacreditar los velorios. Desde el punto de vista religioso católico, son un momento para encomendar el alma del difunto a la misericordia de Dios, y esto es, de nuevo, otro aspecto del cumplimiento de otra de las obras de misericordia: Pedir por vivos y difuntos.

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