LOS MILAGROS DEL PERDÓN

Francisco Javier Nieves Aguilar
Mientras el paracetamol surtía sus efectos para cuando menos disminuir la temperatura y el dolor de huesos, me recosté en la cama y encendí el televisor… Creo que era el canal 24 de hipercable y a esa hora transmitían una serie.
Fue por casualidad; pero en la trama, una mujer lloraba y pedía perdón. El gesto duro de su interlocutor denotaba coraje, odio y otros sentimientos afines. Sin embargo, al final de cuentas éste le otorgó el perdón y así la mujer pudo respirar en paz.
Aún con mis achaques decidí apagar la tele, puse mis manos atrás de mi cabeza sobre la almohada y me puse a reflexionar: Perdonar, ser perdonado y perdonarse son buenas llaves para conseguir la felicidad. Cargar con el remordimiento contra otros, no ser capaz de reconocer los propios errores, vivir con el lastre de pecados que no podemos controlar, o soportar un sentimiento de culpa innecesario, por un error que ya nos han perdonado, son los caminos más fáciles para no ser feliz. A pesar de que la felicidad está a nuestro alcance, no es tan sencillo perdonar, ni perdonarse, ni pedir perdón.
Se me ocurre lo siguiente: Imaginemos por un momento que usted es el único agente de la ley en un pequeño pueblo. Sucede que usted atrapa a un criminal y lo coloca en la cárcel de la ciudad. En un juicio el juez lo condena a purgar varios años en prisión y le da a usted la orden de llevar al reo al penal.
Puesto que usted es el único agente en el pueblo, ahora usted es el responsable de velar por la comida, la recreación, higiene y seguridad del convicto. Usted no puede salir a pasear y distraerse pues periódicamente debe revisar la celda para ver que todo está bien.
Si quiere salir debe esposar al criminal y llevarlo consigo donde sea que vaya. Esto es precisamente lo que sucede cuando nos negamos a perdonar. Hemos sido víctimas de alguna maldad, pero asumimos personalmente la responsabilidad de hacer justicia y a cualquier lugar donde vamos, estamos emocionalmente atados a esa persona.
Muchas personas pierden la vida por el odio y la falta de perdón. ¿Cuál es la solución? La solución consiste en tomar al convicto y llevarlo ante una autoridad superior y dejar que un sistema de justicia más grande que usted mismo se haga cargo del cumplimiento de la condena. Y esto es precisamente el perdón, renunciar al derecho que tenemos de vengarnos nosotros mismos, y dejar lugar a la ira al Señor. Que Dios te bendiga.

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