¡ESTABA VACÍA!

David –un amigo de infancia y vecino del barrio de La Presa- lo puso en mis manos. “Es una historia muy bonita”, recalcó Livier –prima de David-. Ella lo acababa de leer minutos antes.

Me senté en la banca y yo también, en silencio, le di lectura. Se trataba de una hoja parroquial y la historia dice así:
“Un joven que fue criado como ateo estaba entrenando para saltos ornamentales a nivel olímpico. La única influencia religiosa que recibió en su vida le había llegado a través de un amigo cristiano…

El deportista no prestaba mayor atención a los “sermones” de su amigo, aunque los escuchaba con frecuencia. Una noche, fue a la piscina de la universidad a la que pertenecía. Las luces estaban todas apagadas, pero como la noche estaba clara y la luna brillaba, había suficiente luz para practicar y decidió hacerlo sin encender la luz…

El joven se subió al trampolín más alto y en el momento en que volvió la espalda a la piscina al filo de la rampa y extendió sus brazos, vio su propia sombra en la pared…

La sombra de su cuerpo tenía la forma exacta de una cruz. Esta imagen lo sorprendió tanto que, en lugar de saltar, se arrodilló en la misma rampa y finalmente le pidió a Dios que entrara en su vida. Mientras el joven permanecía quieto rezando, el personal de limpieza ingresó y encendió las luces… ¡Habían vaciado la piscina para repararla!”.

Como ven, efectivamente se trata de un relato hermoso en donde el protagonista es abrazado por la fe. De todas formas y como para ir concluyendo, les digo que la fe puede o no ser una creación del hombre, puede que tenga una recompensa, puede que sea necesario creer para ver al final; el asunto aquí es que todavía no estamos en condiciones para determinar con qué nos encontraremos cuando sea el momento de la verdad.

Omar, mi hijo, muchas veces me ha hablado de ese momento, y creo que lo esencial es estar preparado para ello, y una de esas maneras considero que podría ser a través de la fe.

Es cuestión de sentirse cómodo con lo que se es, y encontrar algún medio para satisfacer esa necesidad de justificarnos en este mundo y ¿por qué no aceptar la posibilidad de que nuestro propósito no dependa de nadie más que de nosotros mismos?…

Mientras tanto, sigamos disfrutando de los beneficios de la fe… un mundo más consciente de sus actos, medido y precavido.

Dudar, caer, arrepentirse, llorar, cansarse, reír, suspirar, levantarse; ¡Esto es la fe!

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