EN MÉXICO NO SE ES POBRE POR GUSTO

Carolina Beltrán

Los mexicanos solemos usar una frase muy particular que casi sin darnos cuenta minimiza y justifica el fenómeno de la pobreza en nuestro país: “el pobre es pobre porque quiere”. Si bien es cierto que escalar socialmente en México es posible, es realmente difícil llegar a hacerlo de manera rápida y honrada. Se tiene la creencia popular de que sí alguien realmente se esfuerza puede llegar a superarse; la realidad es distinta, lo cierto es que la situación de marginación en el país es mucho más compleja de lo que la sociedad quiere reconocer.

Según datos del Consejo Nacional de la Política de Desarrollo Social (Coneval), el 43.6% del total de habitantes del país vive en condiciones de pobreza. No es de extrañarse que tantas familias se encuentren estancadas económicamente aún tras haber puesto todo su empeño en salir adelante. La pobreza, entonces, no es sólo un problema económico sino también social, el hecho no es que no sólo no haya empleos sino que éstos son mal pagados, no es sólo que las escuelas no sean suficientes sino que la educación impartida en ellas no es de calidad, no es que no haya apoyos sino que éstos nunca llegan a quienes tienen que llegar. Las estrategias del gobierno para combatir y abatir la pobreza son una burla frente a la magnitud del daño que décadas de miseria, hambre y desigualdad han dejado en nuestro país y su gente.

Es esto lo que me ha llevado a pensar que el “cáncer de México” no es solo la corrupción; más allá de esto creo que la falta de empatía e integridad es la causa directa de la decadencia en la calidad de nuestro gobierno y, por ende, de la pésima condición de nuestra economía. Es absurdo tener que asumir que el 21% de los ingresos totales del país se encuentre en manos de solo un 1% de la población. Es aún más lamentable pensar que todavía hay gente que cree que esto es lo correcto, que es inevitable. Uno de los problemas más grandes de México es la inmensa desigualdad que existe, esto no sólo genera condiciones inhumanas en la población, además contribuye al hartazgo que existe en las clases menos afortunadas.

Anteriormente, se solía tener la creencia de que el pobre es pobre porque simplemente “así le tocó vivir”. Sin embargo, los miembros de las clases más privilegiadas, aun actualmente, aseguraban que sí éste era lo suficientemente trabajador, podría llegar a tener una vida mejor. Muchos de ellos, con afán de engrandecer su bondad ante la sociedad, alardean por ejemplo acerca del buen trato hacia sus empleadas domésticas, a quienes suelen referirse como la “muchacha”, sin siquiera llegar a pensar que este no es un acto extraordinario, lo ideal sería que esto se viera reflejado en las condiciones laborales de los trabajador en general, sin embargo, pareciera que aún estamos muy lejos. Aunado a esto, existen aquellos que criminalizan la pobreza con objeto de justificar su rechazo hacia quienes viven en condiciones menos favorables y, de manera simultánea, excusan su opinión respecto al supuesto desconocimiento de la vulnerabilidad de los grupos marginados y su actitud frente a ellos. Si bien es cierto que los miembros de las comunidades más desfavorecidos enfrentan un mayor riesgo a recurrir al crimen, no hay que dejar de lado que esto no es sólo una cuestión de falta de valores sino que más allá, es un hecho que se da por la necesidad que existe.
Esta actitud se ha visto fuertemente reflejada de manera histórica a partir de las políticas de apoyo realizadas por los gobiernos federales. Hoy en día, tras la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia, se ha generado una gran polarización frente a programas como el de las Becas Benito Juárez, mucho se ha dicho tanto en contra como a favor de los resultados de esta estrategia; sin embargo, quienes suelen connotar este apoyo de forma negativa recurren a la generalización del supuesto mal uso que se le dará al dinero recibido, inmediatamente apuntando a que éste se usará en excesos, parece que muchos mexicanos han olvidado la realidad de millones de jóvenes. La verdad es que una gran parte de los estudiantes en nuestro país no pueden ni siquiera costear su transporte, por lo que estudiar para ellos supone más que un derecho, es un lujo. La deserción escolar es un hecho en México, y por lo tanto todo apoyo para impulsar la educación debería ser defendido por la sociedad civil.

Es inaceptable que en la actualidad se siga discriminando y rechazando a aquellos que viven en condiciones de pobreza y marginación. La falta de empatía y entendimiento por parte de gran parte de la población no solamente genera polarización en la opinión pública sino que además impulsa la marginalización. Es necesario que se reconozca la magnitud de este problema en México, para que de esta manera se pueda cambiar la realidad de millones de mexicanos.