CLAROSCURO: NACIÓN ORTIZ (1997) -SEGUNDA PARTE-

Rigoberto Guzmán Arce

 

A mi primo Humbertillo.

Después casi de cuatro meses de ausencia, regreso a mi casa materna y es un gozo porque las vacaciones que me otorgaron en la maquiladora se convierten en una larga estancia, ya que no regresé. Me compré dos pantalones de moda, uno café y otro negro, en la tienda de ropa de Carmelita Parra.

Me volví a incorporar al equipo de futbol del Vaqueros, con su tres uniformes, me entregaron el trofeo de campeón de goleo; compartir de nuevo los bailes, las fiestas y las trasnochadas con la pandilla de los Landeros, Antonio “El Capi” Ibarra, Chava “Cacarito” y tantos amigos. Me sentía feliz de estar en la ciudad, en mi origen, que aunque no fue mucho el tiempo de ausencia, se me hacía eternidades estar lejos.

A los dos días de mi llegada, vi a mi primo Humberto Arce, lo saludé después de un tiempo de no verlo. Él estudiaba en Oaxaca como técnico o ingeniero forestal. Estábamos en una boda en la finca de Calixto Rivera y andaba con sus amigos como “El Condorito” y Pepe “El Chapo”, dijeron que iban para Ahuacatlán.

Se gastaba la noche y nos embriagamos de felicidad, salimos para seguirla en la discoteque Nato`s. Algarabía en la plaza, era diciembre de adornos navideños y cobijo de calor humano. Antes de subir las míticas escaleras del lugar, me detiene “El Capi” y me lleva del hombro para decirme que le habían avisado que mi primo había tenido un accidente, pasando la curva de Méxpan. Pronto le dije a Fernando Bernal “El Aguilla”, que si me llevaba, él traía su carro largo.

Vamos en silencio, presintiendo lo peor. En la carretera y pensamientos oscuros, distinguimos un auto compacto chocado en su parte derecha. Nos estacionamos enseguida. Regresamos y me conmocionó de forma fulminante, impactante: mi primo querido Humberto estaba sentado como copiloto, inclinado levemente a un lado del asiento y su rostro amarillo, blanco, quieto hasta siempre.

Un tráiler los golpeó. Me dieron ganas de llorar. Algunas personas con lámparas aluzaban y daban algunas explicaciones, que los dos amigos se los habían llevado los servicios médicos. Regresamos más silenciosos. Ensimismado comencé a llorar. Recordé que había visto subir a la discoteque a la hermana de Humbertillo, mi prima Concha y a su novio Ramón.
Los busqué, le hablé a Ramón para que fuéramos al baño, extrañado me siguió y más extrañado me escuchó, le dije muy triste, pero firme la noticia. Salimos en su carro y Concha más extrañada, que no comprendía el por qué íbamos a su casa y ante la justificación de que quería que me dieran un domicilio, me volteaba a ver más estupefacta.

Necesitaba saber quién estaba en su casa, ya que mi tía Teófila estaba en viaje a Estados Unidos, me la encontré en mi regreso en una terminal de Sinaloa, en un puesto de tacos. Llegamos a su casa a un costado del Santuario y desde el segundo piso se asomó mi primo Antonio, ante el rostro de desconfianza mostrado, no tuve más remedio que decirle la fatal noticia. Inició el caos emocional.

Me regresé a la casa, ya no seguí la fiesta. Entré a mi cuarto y no pude dormir, sensaciones atroces, recuerdos del primo, cuando llegaron a finales de los sesentas a radicar aquí, después de su tragedia allá en el sur de Jalisco. La infancia en la casa de la abuela, en el cine, en los ríos, en El Llano. Al día siguiente el velorio, los amigos, el duelo familiar, ver en otras circunstancias a mi tía y los primos.

Descansé por fin. Salía de noche a recorrer la plaza y sus portales, las luces amarillentas y sus sombras, evocando ciertas dosis de felicidad, de tintas evocadas, de abrazos y el tomar de manos tibias por estos lugares, entendiendo la frase del nunca jamás. Regresar por las calles de mi niñez, de las adolescencias consumidas.

Pocos autos y mucha nostalgia, al recorrer los rumbos, las esquinas, partes apacibles, para que se hiciera natural llevar los pasos hasta la nación Ortiz, donde mi madre dormitaba y mi padre ya dormido desde las seis de la tarde. Mi abuela ya no vivía en su casa de Abasolo, estaba en rehabilitación, tratamiento y cuidado con su hija y nietos en Guadalajara.

Llegó enero y el cuarto lo compartía con mi hermano Manuel. Me quedaba acostado mirando las tardes de nubes, luego leía, salía a participar en reuniones de partidos de izquierda, visitar amigos y seguir en el ambiente del futbol. Ya dentro de mí me cuestionaba muchas cosas y circunstancias, reflexionaba sobre mis caminos, si realmente estaba haciendo lo correcto en mi vida, si había elegido lo mejor, enredado en lo peor, el que estuviera perdiendo el tiempo.

Leía en las noches y en las mañanas me iba a comprar fruta y alquilar cuentos con don Miguel, en la esquina de la Moctezuma y Marina. Comprar el sabroso coco, los pepinos y jícama tiernita y jugosa. Así se me iban los días… Continuará el próximo viernes.

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