CLAROSCURO: NACIÓN ORTIZ (1997) -PRIMERA PARTE-

Rigoberto Guzmán Arce

Venturosa tarde cuando de manera sorpresiva mi padre Manuel decidió conseguir una camioneta y en una mañana inició el rito de mudarnos de casa. No lo sabía, llegué a la calle La Paz, después de estudiar y en agosto de 1980 estaba la puerta de madera cerrada y toqué y nada, me asomé por una hendidura y vi la cocina sin el comedor y la estufa.
Entendí que se habían ido a la casa de mi hermana Gloria que había comprado años antes y rehabilitado. Caminé una cuadra para la Moctezuma y doblé a la Ortiz y también la puerta era de madera y de tejado, de adobe y allí estaban mis padres comiendo entre cartones, colchones doblados, tablas amarradas y apoyadas en la pared, sillas amontonadas, estufa instalada, los platos, vasos y cucharas en el porta platos de plástico y amarillo.

Me pareció sombría la casa en pedazos. Una vez la visité cuando mi hermana con esfuerzo consiguió construir en el corral largo, dos pequeños cuartos y un baño al costado. Lo demás quedó como cascarón, una sala amplia, la pequeña cocina que abrieron para lo de la construcción nueva y un cuarto lúgubre. Eso era todo.

Al fondo el guayabo y mucho zacate. Por fin se tenía dónde vivir sin pagar renta. Le vi los ojos a mi madre que le brillaban de felicidad y mi padre ufano, se sentía como un león en dominios propios y platicador.

Nos pasamos toda la tarde y noche acomodando, jalando, revisando, sacando y por dentro sentía una alegría inmensa porque siempre era un lío para mi madre pagar la renta y soportar los regaños de los dueños de las casas, ninguneando por sentirse los reyes de casa feas y creyendo que eran hermosas construcciones, porque no las mejoraban, las interminables goteras, la humedad, los pequeños baños horribles, con un palo y cortina de tela, que nos teníamos que meter con el balde listo; los cuartos oscuros y de láminas o tejas frágiles.

Llegó la noche, la primera, fue especial porque era la primera vez en mi vida que dormía en un cuarto propio, ya no amontonados, sentir el olor a paredes encaladas, a ladrillo fresco, a puertas de fierro, el baño con regadera y lavabo verde, el inodoro con su depósito.

Me acosté tan emocionado que no pude dormir, aventureros que llegaban a una tierra prometida, a la Nación Ortiz, después de peregrinar y con la plena posesión de un lugar en esta vastedad universal, que la familia Guzmán Arce, ya tenía un techo seguro, que ya no había goteras y que, desde aquí se podía respirar en calma en un verano distinto.

A los días después que el cuerpo se iba uniendo a los pensamientos, el acostumbrarse a la nueva dirección y las rutas, que aunque claro, era el mismo barrio o las fronteras con la colonia del Centro, de todos modos se sentía extraño vivir en esta calle. Mis territorios de infancia estaban cerca, pero no era lo mismo.

Me sentía que había emigrado a otro país, poco me duro el gusto a lo más cinco semanas, porque brotaban mis alas de explorador, de la idea tan imantada de conocer Nogales Sonora, de trabajar en alguna maquiladora, de creerle y soñar lo que me contaba mi primo Isaías, ya que él tenía planes de regresarse a donde vivía su familia completa.
Un mundo, un abanico de posibilidades y pronto caí en la imaginación, en esa odisea que se me ofrecía, de conocer la frontera que tanto nos contaba mi tío Toño, que en septiembre le dije a mi madre que quería irme a laborar.

Ella siempre soportaba los embates de sus hijos, me dijo que me cuidara, y en ese cuarto lúgubre , ya tenía una veladora encendida todos las noches por la ausencia de dos años de mi hermano Antonio, que no sabíamos de sus huellas y así como así salió un octubre para ya no volver jamás.

Mi madre colocó otra veladora para que me fuera bien en esta locura que se me enredó en el alma y partimos una tarde en el autobús Tres Estrellas de Oro, sin imaginar que extrañaría esta casa, la familia y el clima… Continuará el próximo viernes.

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