CLAROSCURO: NACIÓN ORTIZ (1997) -NOVENA PARTE-

Rigoberto Guzmán Arce

 

Para mi sobrino adorado Jesús Darío Peña Guzmán, con letras de amor.

Así fue en mi calendario emocional, un péndulo que me estremeció, la muerte de mi padre Manuel y el nacimiento de mi linda Catiosha, en el año 1997. Mi madre golpeada por el destino, había terminado su ruta compleja con su esposo. Mi madre en la congoja, sus nobles sentimientos no eran reconocidos por la vida, desde pequeña tener que trabajar para mantener a la familia ante la ausencia de su padre Miguel.

Nunca pudo disfrutar de su salario, porque íntegro lo entregaba a mi abuela Lupe para el sostenimiento. Después casada a sus 32 años, el martirio de la incomprensión, de viajes, problemas económicos, la docencia y ser madre conjugarlo, no resultó fácil.
Todavía recuerdo sus mortificaciones cuando me enviaba a pedir prestado con los parientes por medio de un recado, y antes de entregarlo me herían cortantes de que no tenían dinero y regresar llorando porque de nuevo imaginaba que mi madre con las manos tapando sus oídos para no escuchar la respuesta negativa y hundirse en un laberinto.

Fue dueña de un anillo y una cama, nada más en su tiempo de soltera. Me calaron hondo. Cuando el lunes al irme a estudiar ella ya tenía mi pasaje y estancia. Cuando de niño al taparme con sábanas rotas, me juraba que cuando le llegara el aguinaldo y el dinero se diluía en otras necesidades más apremiantes.

Cuando ensimismada como pajarita triste al fondo de su jardín, pedía a Dios que le regresara a su hijo Antonio; oraba por el descanso eterno de su madre como la buena hija que fue; rezaba por todos, hijos, nietos y bisnietos, con su bondad y fraternidad. No entendía de niño ¿cómo a una madre tan bella, sublime, entregada, le iba tan mal?

La casa se construía con lentitud, pero entusiasmados. Alguna tarde llegaba a preguntarle a don Miguel sobre lo que se ocupaba, todo bien. Conversar entre la faena, su lugar de origen y sus peripecias, que una vez le cayó cerca un rayo y la lanzó lejos de la carretera, se levantó aturdido sin saber ni para dónde caminar. Ir viendo cómo se delineaban los espacios, suspirar mi pequeño refugio, mi sueño, mi lugar de intimidad, lo que de adolescente imaginaba: el estudio con los libros.
La transición de ver que de un corral era la casa de mi vida, cerca de con mi madre, visitarla diario y verla leyendo la revista de Proceso, detener la lectura y contarme de sus tiempos.

Embriagarme de sus enriquecedoras conversaciones que desafiaban toda hermosa imaginación; esto curaba cualquier mordedura del tiempo y los largos años en el horizonte de Jalisco con sus pueblos y ciudades. Aquí vivir en tu barrio, en tu ciudad, era una maravilla que me brotaba en mi corazón en cada palpitación.

El valle con sus dos ríos, seguía escribiendo de mi amor, de sus profundidades, de su historia, que de manera natural surgió el poema Tiempo de Ixtlán, que describe sus etapas de existencia, yo un ixtleco orgulloso de sus raíces del español y el indígena, de sus tormentos y buenaventuras, de la cosmogonía y el conocimiento de la naturaleza, de la cultura y sus diversidades de caminos.

Como otra vez sucede en mi paso por el planeta, no puedo tener todo en la vida, obtuve el premio de los Juegos Florales de la poesía en el recinto cultural de mi pueblo, pero con el dolor terrible de la muerte de mi sobrino querido, mi añorado Darío, mi ahijado, el sobrino que me idolatraba.

El niño que me hacía quedarme a dormir junto a él, el que tuvo el apodo de “Yiyo” por la camiseta a rayas. El niño de los ojos negros, el curioso, el inteligente y sensible, mi Yiyo, mi querido Darío. El que me mandaba dibujos y sus nuevos aprendizajes en cartas, el recibirme y decirme con tanto cariño Tío, Mi tío Beto, mi padrino.

Ante el huracán de sentimientos, mi familia quedó devastada, cruel el azar del destino. Nos hundimos en un silencio extraño, cada cual en sus refugios. Evocaba en esos instantes, los designios de los Arce, cuando tenemos dos ramificaciones, unos nacimos serenos, silenciosos, tranquilos como los tíos abuelos, hasta tuvimos un poeta de La Yesca; otro tipo de hombres no nos alcanza el corazón para soportar tanto sufrimiento, apasionados, soñadores y amorosos, cruzados de tormentas emocionales y terremotos imaginados.

Mi recordado Darío fue uno de estos seres con la herencia de la fatalidad. Un poema que titulé como El Mandarino lo leí en una tarde en la Alameda de Tepic en su honor. Por eso escribo que la vida me ha enseñado con lecciones crudas que no siempre tendré todo, aprendo que debo de amar en el amor y en el dolor.

Lo que sigue por escribir es tan doloroso, le pido a Dios, que me dé la serenidad necesaria, en esta ocasión, de escribir de mi madre después de catorce años de intentarlo y no poder hacerlo. De que esta vez el llanto me deje ver las teclas y que mi alma no se abra tanto, porque me siento tan mal… Continuará el próximo viernes.

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