Claroscuro | Ixtletenses (2015)

Rigoberto Guzmán Arce

A la memoria de tres mujeres que me forjaron mis sentimientos para siempre: mi bisabuela Refugio, mi abuela Lupe y mi madre Dolores.

1.- A través de los años he valorado y he tenido el soporte emocional, histórico y familiar para que afloren los sentimientos, y escribir los momentos, instantes, épocas que de alguna manera, arista, vértice, comunión, han dejado huella en mi caminar como un ser humano que le tocó nacer por el destino, los designios naturales, las migraciones desde La Yesca y la genética compartida de mis ancestros en Ixtlán del Río.

Me conmueve porque cuando mis primeras luces y sombras, desde mi origen estuve rodeado por mujeres espirituales tan poderosas. La vastedad de mi bisabuela Refugio, Mi abuela Guadalupe y mi madre Dolores. Mis ojos del principio veían los reflejos, movimientos siempre en labores combinados con olores y sabores.

Me provocaban una enorme paz, una quietud interior que me sentía cobijado con un fuerte calor humano. Me fortalecieron desde mis primeros pasos, las buscaba, me daban cariño, me sentía querido, influyeron tanto que cuando se fue ensanchando mi espacio y la amplitud del tiempo se hizo presente en mi lenguaje y las imágenes se volvieron el detonante para ir descubriendo las casas, la calle Arista, Abasolo, Jiménez, la cuadra donde estaba llena de artesanos, el barrio, el pueblo reposado y ya después lugares de antaño como el cerro de Santa Catalina o Cristo Rey, las iglesias, el Llano, la tienda Noche Buena, El Cometa del 82, los ríos Grande y Chico, la estación del ferrocarril el puente de piedra, Los Toriles, La Sidra, La Villita, las plazas, los portales, el cine, el Callejón del Diablo, La Presa, la escuela Benemérito.

Tantas banderas que se ondearon en mi rostro de mis ojos negros y pestañas grandes. Mis raíces crecieron en tierra fértil y desde lo más profundo de mi corazón, por ellas despertó mi amor como un amanecer entre ciruelos, canto de gallos, de olor a alfalfa, pan horneado y leche tibia.
2.- El impacto al abrir mis recuerdos, apuntar a las direcciones de los años, la rosa de los vientos que me traen personajes, los ecos de aquellas voces, el ir entristecido como si fuera volver a ver la película de los muertos y los vivos, ese hilo tan frágil que evoco al caminar por estas calles. Abuelos, madres, tíos de mis vecinos, amigos, compañeros que ya no existen solamente en mis visiones.

Alguien me dijo que estoy enfermo de nostalgia, que no tengo lucha, que jamás me voy a curar. Tienen razón, no quiero. Necesito escribir de mi tierra, mis vientos, el cielo con sus constantes paisajes, el cambio por las estaciones, no hay nada más bello que el verano en mi ciudad entre casco urbano y campos, el valle rodeado de montañas. Siempre, siempre mi mariposa de metal y estrella de obsidiana.

3.- Mis cuadernos se fueron llenando de escritos en los viajes y regresos, mi profesión ayudaba a estar con la pluma y la hoja en permanencia voluntaria, cruzaba el puente del trabajo para llegar a mis pulsaciones. Un simple destello me hacía encender el alma y de lo impactante, surgía las provocaciones para escribir, derramar lágrimas azules y verdes con alegrías de texturas con ternura y nobleza.

Cada vez que recordaba a mi abuela Lupe estaba a punto de llorar porque la quería volver a ver, rasgaba mi piel para tenerla completa sin imaginar que se convirtió en cadáver desde 1981, mientras que para mi los años no tenían orden porque mi reloj y calendario emocional era de otra forma de vivir y gastar.

Representaba extrañar mi barrio, lo cotidiano, la luz y la sombra de mi infancia, mi adolescencia y juventud que se iba consumiendo con otras maderas, acero, miel, centeno, sueños. Así fue el fermento en mis noches en vela, en mis momentos íntimos en lugares lejanos: Los Ángeles, Managua, Matagalpa, Arriaga, en las fronteras del sur y norte Nogales y Tecun Umán.

4.- Volver a vivir, respirar, caminar, estar aquí y ahora en mi lugar de origen, sin las prisas de irme los domingos, ha sido una de las felicidades que me llenan, que me hacen sentirme único, que valió el sacrificio de estar años ausente. Ya se fue descargando la opresión que sentía en mi pecho y la sensación de pesadez en mi cuerpo cuando solamente venía de visita.

Se terminó la travesía. En 1995 regresé a mi barrio, a la calle ¡Arista! desde mi ventana el cerro, todo ya no cabía en mi sangre, por esas cosas raras, escribí poesía, un cuaderno completo con 24 poemas que representaba cada hora de vida en Ixtlán.
Había llegado el momento de las campanas, de los colibríes, había llegado la magia a mi vida, el río subterráneo y luminoso estaba de regreso… Continuará el próximo viernes.

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