Periodico Express de Nayarit
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La Habana… hace 7 años ¡EXTRAÑO ESA ISLA!

Francisco Javier Nieves Aguilar

2017 / 02 / 21

 Mis sentimientos de hoy son de contrastes; porque precisamente, hace siete años, por estas mismas fechas, pude cumplir uno de mis más anhelados sueños: Conocer Cuba.

La nostalgia me invade al recordar aquella inolvidable experiencia; pero mi corazón también se contrae al rememorar a mi extinto patrón, Edgar Arellano Ontiveros, a quien le debo esa vivencia.

Aquel viaje que realicé a La Habana aún perdura en mis retinas. ¡Cuánta humildad, grandeza, hospitalidad!; no me alcanzan los términos para enumerar tantas cosas grandiosas que poseen los cubanos.

Lo más maravilloso de Cuba, de acuerdo a mi percepción, es el pueblo, la gente, el vecino común, la calidad humana y sobre todo la cultura general, digna de admiración de cualquier país que se llame del Primer Mundo.

Sorprendido me quedé cuando conversé con Soledad, la esposa de mi compañero periodista José Antonio López Espinosa –Tony--, hacedor de la columna “Un pedacito de historia” que se publica en este mismo rotativo.

Con su estilo alegre y bullanguero, Soledad me preguntaba por el presidente Calderón, por la economía de México, al tiempo que cuestionaban a los dirigentes políticos con respecto a las privatizaciones, los robos y las estafas al pueblo. ¡Y yo mudo!

Imperdible el Capitolio, La Floridita, la calle Obispo, la Bodeguita del Medio, el barrio chino -allí comí muy bien y algo económico, pero a decir verdad no avisté a ningún chino-.

Mentiría si les dijera que no se me acercaron “jineteras”. ¡Claro que sí!; pero siempre mantuve la distancia por respeto a la familia; y porque considero que “jinetear” en Cuba, más que laborar en el oscuro mundo de la prostitución, es un arte en hacer un despliegue colorido de las habilidades que se encuentran muy por encima de la inventiva humana.

Caminar por el Paseo del Prado es sumergirse en otro mundo. Todo en La Habana, los edificios, casas y sus mansiones parecen hechos a principios de siglo y casi parecen sacados de un libro de historia; del mismo modo los carros que transitan son también muy antiguos pero están conservados sorprendentemente. Las calles son muy tranquilas, no existen delincuentes ni tampoco se encuentra basura en ningún lugar de las mismas.

Llega a mi memoria el “Gran sofá”. Allí pude descansar placenteramente y disfrutar de la brisa del océano, ver niños jugando, músicos tocando violines y trompetas a la espera de recibir alguna buena propina, así como guitarristas y alguna que otra persona recitando poemas a cambio de algún dinero.

Insisto: Cuatro días me bastaron para refrendar mi admiración hacia esta isla del Caribe. No sólo por su belleza estética, sino por su estilo de vida, su idiosincrasia, su sistema de gobierno… Los años y la necesidad les han heredado a los cubanos una capacidad de organización para torear la incertidumbre que generan las carencias.

“Quise que vinieras para que tú mismo te desengañes”, me habría dicho Don Edgar, en una breve charla que sostuvimos en el Hotel Copacabana. Yo solamente asentí y dije para mis adentros: “Sí, ahora me convenzo más de este sistema”.

Traigo a mi memoria a Leyda, una mujer de 70 años con la que conversé cerca del Capitolio. Fue por medio de ella como conocí la Plaza de la Revolución. Ahí conversé con Fabián y con Minerva, de Argentina; pero sentí un enorme gusto encontrarme, al pie del Monumento a José Martí, con Héctor y con Angélica, una pareja residente de Chihuahua con la que platiqué amplio y tendido y quienes me ofrecieron su amistad, sin reservas.

Ahora, a siete años de aquel viaje y ya sin Fidel, puedo asegurarles que quedé atrapado para siempre. Quisiera poder regresar algún día, para disfrutar de su gente, de sus calles, de sus edificios… de su pobreza; porque como dice Raúl Rivero: “Amo a La Habana porque puede ser íntima, porque tiene nombre de mujer y está frente al mar”.

La Habana es un lugar que me robó. Una parte de Cuba que me ha hecho exclamar que extraño esa isla. ¡Toda! ¡Toda! ¡Ah!, ¡cómo la extraño!