Periodico Express de Nayarit
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CLAROSCURO: PASIONES (2017) -SEGUNDA PARTE-

Rigoberto Guzmán Arce

2017 / 01 / 13

 La lluvia, el amanecer, los sonidos del tiempo, el canto de los pájaros en los ciruelos, fueron culpables que me sintiera emocionado. Mis manos de once años tuvieron la osadía de tomar un lápiz y en un cuaderno de secundaria para escribir los primeros poemas, los esbozos temblorosos, versos echando brincos como conejitos trémulos, los sentimientos que abren la vasta vegetación de un bosque que mi corazón quería abrir senderos, delinear mis respiraciones y ponerlas acordes con mis latidos y embelesado me encerré en el cuarto del fondo de la casa de mi abuela.

Temblores en renglones cuando apareció mi prima Julieta, Nayarit, la primera posada navideña, la noche y las estrellas en rima, versículos prohibidos.

El poema a Nayarit, su capital Tepic con su cuerpo de maíz, su escudo ceremonial; lo borraba y lo volvía a escribir, acomodando en dónde tenían que ir mis anhelos, mi amor por la tierra, por mi barrio y su cielo azul. Era una tarde melancólica, la reunión de los espíritus, el agua ardiente de los recuerdos emanados de mis tíos abuelos, de imágenes multiplicadas, de conversaciones y murmullos de viajes y regresos, la palabra contada, la inmensidad de los territorios imaginados de aquellos lugares que no sabía si eran ciertos o simplemente sueños; la complicidad del polvo y la magia de los rincones.

Despertar al mundo que tenía siempre agazapado, coleccionando letras donde están las pasiones que posiblemente me heredó mis tío Alberto que era poeta sin saber leer ni escribir, como se dice “en el aire las compone”, era el compositor de su comarca, en las comunidades disgregadas bajo los pinos y los arroyos de La Yesca, en las festividades religiosas estaba su estrofa, sus coplas de los pormenores, de los personajes, del acontecimiento, era un cronista poético.

Su presencia era tal que cuando no llegaba el cura a uno de los eventos, él era el encargado de oficiar la misa, porque tenía el lenguaje poderoso que todos le creían, el estilo único y emocional, las bendiciones fuera de los cánones romanos y católicos, las frases contundentes y ademanes filosóficos que se fueron acostumbrando a rezar para que faltara el mayor tiempo posible el sacerdote.

Desde aquellos años, su espíritu me llegó en forma  de llamarada, de humo, su eco, el silencio, la desesperación de vivir, más allá de su muerte, quería sentir, llegar a los albores de un siglo, como nuevo en mí, como un sol más gigante que sacudió mi débil cuerpo, un ser flaco, un ser que creía todo aunque fueran mentiras como cuando me asustaban en el río Chiquito porque había tenido la osadía de acompañar a mis hermanos y sus amigos.

Para que ya no los volviera acompañar todos gritaban “¡ahí viene la corriente, corran, sálvense, ahí viene la corriente!”. Yo me quedaba llorando porque imaginaba un torrente con barcos naufragando y olas gigantes como pulpos fenomenales y un ahogadero de gente y animales lleno de espumas éntrelas piedras.

Cuando íbamos al “pozo” de la colina, siempre me pareció que pisaba en un planeta diferente, de color rojizo, sus capas de tierra, donde estaba la grava, las rocas y la arena, un hueco enorme donde existían seres de cuerpos distintos a los terrícolas y luego me contaban historias a la luz de la luna del callejón, mi amada calle Jiménez, de aparecidos, el caballo banco que salía en las madrugadas todo desbocado y arrastrando cadenas, cuando un joven atolondrado gritaba por las hendiduras de las puertas y ventanas de madera: “que no le digan que no le cuenten que la luna es de queso”.

Más broncas para mi alma débil. Mi madre con su ADN desdibujado, entre prisas y más prisas, no tenía el tiempo de escribir, que prefería contar historias, el verbo floreciente, la oralidad, en vivo, cuando se quedaba a platicar con la vecina, la dueña de la tienda, sus hermanas, que  olvidaba el mandado y hacía tres o cuatro viajes por las verduras o el pollo despedazado.

Siempre yo con los brazos cruzados estaba atento cuando me contaba de las culebras eléctricas que se metía al caserío desamparado en las tormentas imponentes. Cuando me contaba de las centellas, de los muertos, de los tíos que nacieron en el siglo XIX, de las migraciones para no morirse de hambre, de las costumbres duras y lejanas, de su niñez y en sus ojos negros se reflejaban las luces primitivas y las siluetas, las sombras y sus miedos.
Bajo una lámpara de petróleo, las paredes enmohecidas, los perfiles transfigurados, el pretil y la mesa, mientras escuchaba el rumor de las generaciones. El impacto, la detonación llegaba, apareció entre pilas de revistas en el segundo piso de la casa de mi tía Tomasa, el libro Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, los textos literarios en los libros de primaria como el de la zorra que anda preguntando sobre su cachorro desaparecido y presume de la belleza de su hijo, le contestan que han visto a uno flaco, con el hocico feo, lagañoso, y rápido contesta que es su hijo, y culmina que para una madre no hay hijo feo.

Creo que mi madre hubiera contestado cuando escribía mal o pésimo que para una madre hay siempre hay un hijo poeta. De mis mejores momentos cuando estuvo presente en la presentación de mi segundo libro de poesía Luz Azul en julio del año 2000, es ver a todos mis muertos que llegaron olorosos a miel y palomas a mi valle y dos ríos, acompañando a Dolores Arce Ávila en la continuación del amor a la palabra, la pasión por la poesía y la continuación de la sangre… Continuará el próximo viernes.