Periodico Express de Nayarit
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¡NI DIOS LO MANDE!

Francisco Javier Nieves Aguilar

2016 / 11 / 08

“¡Adiós chulooooooo!”, le dijo aquel raro sujeto al joven que caminaba por los pasillos de la segunda planta de Plaza Galerías, en Guadalajara. El aludido se hizo el desentendido y se introdujo a una zapatería exclusiva de la marca Guess.

El chico de costumbres extrañas y andar cadencioso no dejaba de atisbar, acompañado por otro individuo de su misma calaña.

Seguro que este par de lilos andaban buscando amores. Y así, de pronto imaginé que se dirigían hacia mí, por lo que de inmediato puse tierra de por medio escabulléndome hacia el lado opuesto. Me introduje a una tienda de Aldo Conti simulando estar interesado en comprar un pinche traje –aunque en mis bolsillos solo bailaban 270 pesos.

“Más vale prevenir que lamentar”, dije para mis adentros; pero mi preocupación se debía más que nada a un posible contagio ¿Y a mi edad? ¡Nombre! ¡Ni Dios lo mande!

Mi visita a la capital Tapatía tuvo que ver de nueva cuenta con doctores y hospitales, enfermos  y medicinas. Había cita en laboratorio. Era viernes y por lo tanto tendría todo el tiempo del mundo para distraerme.

Nos levantamos a eso de las tres de la mañana, partiendo de Ahuacatlán hacia Guadalajara al filo de las tres y media. Arribamos al Centro Médico poco antes de las siete –hora del centro-.

A las siete y media ya estábamos desocupados, siendo entonces que se nos ocurrió deambular por el centro, conocer las nuevas instalaciones del Mercado Corona y los trabajos de remodelación de la avenida Alcalde y parte del centro histórico.

Y bueno, todo iba bien, pero cuando parecía que estábamos de regreso y después de haber pasado La Minerva ¡que se nos antoja llegar a Plaza Galerías, nada más para “matar el tiempo”.

Ahí empezó mi martirio y francamente me sentí todo un naco al momento de deambular por esas tiendas departamentales tan ostentosas. “Se me figura que estamos en Estados Unidos”, pensé. “No; más bien en Europa, porque el diseño se asemeja al concepto francés” y la mayoría de las tiendas son de marcas de Europa.
Buscando reposar un poco, nos sentamos en una banca de madera, exactamente frente a un negocio dedicado a la venta de aparatos electrónicos modernos.

Cerca de ahí miré una fila. Los que iban adelante ordenaban su pedido y el dependiente les entregaba la respectiva comanda. Yo no perdía detalle y clarito miré cuando una pareja pagaba ¡160 pesos! por dos capuccinos y unos panecillos.

Entonces señalé para mis adentros: “¡Qué caro está esto!; con 160 pesos yo me hubiera preparado algunas 60 tazas de café de olla y me hubiera sobrado para comprar algunas 20 piezas de pan de la panadería de Los Nieves”. En fin.

El suplicio mental en realidad empezó desde el momento en que ingresamos a esa área del poniente de Guadalajara, empezando por la ficha del estacionamiento; “¡Usted nomás apachúrrele el botón!”, me dijo un guardia….

Después me vi en aprietos para ingresar a los locales. Tomamos un elevador de cristales verdes transparente y desde ahí se podía ver el ascenso o descenso.

Estando en la segunda planta ya no hallaba para donde “arrancar”. Temía perderme entre tanta gente y entre esos negocios raros.

Por cierto solo miraba personas de tez blanca ataviadas con ropa y calzados de marca. ¡Y yo con mis pantalones Levis desgatados!, mi playera blanca que exhibe las letras de una llantera y con mis huaraches que compré en el tianguis., ¡ufff!

En Plaza Galerías me di cuenta de la diferencia que existe entre ellos y yo en el renglón de la cultura. Algunos se introdujeron a las áreas de música clásica, Jazz y estilos similares. Yo preferí sentarme en la banca y atisbar hacia arriba y hacia abajo, a un lado y hacia el otro. “Pobrecitos; yo creo que están loquitos”, me decía a mí mismo.

Llegó un momento en que de plano me enfadé e intenté regresar al estacionamiento, pero por más que busqué el elevador no lo encontré. Tuve que preguntarle a una dama “fufurufa” que me señaló desganada con su índice derecho el camino.

Al tratar de abandonar el estacionamiento, introduje la ficha en una ranura y entonces se escuchó una voz femenina: “Gracias por su visita, que tenga buen día”… Pensé que se trataba de un pinche fantasma. Con eso quedé conminado a no regresar a esas tiendas. ¡Prefiero los tianguis!

PIE DE FOTO… Se envía una foto, sin pie de foto. Así hay que ponerla. Gracias. Nieves.