Periodico Express de Nayarit
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PANTEÓN, COSTUMBRES FUNERARIAS Y DÍA DE MUERTOS EN VALLE DE BANDERAS / PRIMERA PARTE.

Eduardo Gómez Encarnación (Cronista oficial de Bahía de Banderas).

2016 / 10 / 24

El panteón de Valle de Banderas


Desde su fundación, el pueblo de Valle de Banderas, antes Santiago Temichoque,  fue la sede parroquial de esta región. Desde hace más de 450 años, este lugar ha tenido iglesia y panteón. Durante siglos, la gente de las rancherías asistió a Valle de Banderas para realizar bautismos, matrimonios y entierros. Doña Margarita Mantecón de Garza en su obra Primer Centenario de la Fundación de Puerto Vallarta, relata que en 1853, la madre de Don Guadalupe Sánchez, fundador de Peñitas o Las Peñas de Santa María de Guadalupe, hoy Puerto Vallarta, fue traída a Valle de Banderas para ser enterrada por no haber camposanto en ese lugar.

Por tradición oral se sabe que, en esos tiempos, el camposanto estuvo en el lugar que hoy ocupa la Escuela Primaria Federal 20 de Noviembre. Al parecer este sitio se le asignó al panteón hacia 1780, durante el cambio de lugar del antiguo Santiago Temichoque al nuevo pueblo de Valle de Banderas.

EL “PANTEÓN VIEJO” OBRA DEL PORFIRIATO

Porfío Díaz Mori

Una de las obras materiales del Porfiriato, fue el trasladado del panteón hacia el oriente del poblado, conocido hoy como “panteón viejo”. A principios del Siglo XX se construyó el bardeado en adobe y se fabricó un cuarto para descanso que estuvo concluido en junio de 1901. Al parecer, la obra de bardeado resultó defectuosa o el espacio que ocupó el panteón fue pequeño e insuficiente para dar sepultura a los muertos por las repetidas epidemias de viruela negra que abatieron la costa en esos años.

Valle de Banderas. Calle Veracruz, centro.


En 1907 se inició la reedificación del panteón, habiéndose levantado la fachada principal desde los primeros meses; en esta ocasión, el bardeado se haría de adobe con cimientos de piedra. El de 4 de julio de 1907, el Periódico Oficial del Territorio de Tepic anunciaba que en Valle de Banderas quedó terminada la portada de la entrada del panteón y levantado el muro Sur, en una extensión de 49 metros lineales por una altura de 50 centímetros. En 1908 se anuncia el término de obras, siendo inaugurado el nuevo camposanto junto con la plaza de armas “General Mariano Ruiz” el día 2 de mayo.

 

Doce años más tarde, el espacio resultó de nuevo insuficiente y el 28 de febrero de 1919, en sesión ordinaria de Cabildo en Compostela, el Síndico Político de Valle de Banderas, Sebastián Arreola, solicitó dinero para la clausura del panteón de Valle de Banderas y autorización para ampliarlo. Para esta labor se aprobaron 1050 pesos, que deberían obtenerse de la recaudación generada por esta Comisaría. El panteón se extendió hasta sus dimensiones conocidas y fue bardeado con “adobón quemado”, pegado con “cal de piedra”. De esta época se pueden observar algunas tumbas de ladrillo y argamasa de cierta belleza. El pueblo de Valle de Banderas, de mentalidad obstinada y arquitectura austera y hasta cierto punto triste, le permitió a la muerte un asomo de suntuosidad. Entre las tumbas más antiguas del panteón ejidal se encuentra la de Paula Barba Amaral, 1915 y otra de 1929. Hoy Valle de Banderas tiene un nuevo panteón ejidal, que fue inaugurado en mayo del 2008.

“HAY CUERPO TENDIDO”


En aquellos tiempos al difunto se le vestía con sus mejores ropas “para estar presentable” ante los deudos; descalzo porque el camino de la muerte es largo y se recorre a pie: se creía que quien llevara zapatos o huaraches puestos, no alcanzaba a llegar al cielo. Luego el cuerpo era tendido sobre una cama de tablas, o una mesa si se trataba de un niño o “angelito”, rodeado por cuatro cirios de cera generalmente prestados por la capilla del lugar. Debajo de la tarima se colocaba una cazuela o aguamanil con rajas de cebollas sumergidas en vinagre, donde habrían de concentrarse los humores perniciosos de la muerte. Una vez tendido el muerto, se presentaba el carpintero cinta en mano para fabricar un cajón a la medida. Si el carpintero era borracho o aprendiz, “pulgada más, pulgada menos”, hubo a quien le quedara corto el ataúd y el muerto hizo el último viaje engarruñado, con las rodillas dobladas.

Durante el velorio se repartía café o canela, “con piquete” para soportar la aflicción; pan cuando se trataba de difuntos pudientes y galletas de animalitos donde la pobreza era visible. El alcohol o raicilla y los cigarros era por cuenta de los deudos porque también se fumaba y había que ser cortés con los acompañantes. Entre los rezos, los rosarios -que todavía se usan- fueron obligados. Y muy de noche una oración impactante -que ya no se usa- llamada El Alabado, que por la fuerza emocional e histriónica de las rezanderas hacía aullar hasta a los perros. Para los adultos no había ofrendas florales, simplemente veladoras. En cambio los angelitos estuvieron siempre cubiertos de flores, distinguiéndose por su olor el “gran duque” o “huele de noche”, el paraíso y la reseda entre follajes de crespón y palmas.

LOS ATAÚDES CUBIERTOS CON ARROZ TEÑIDO.
Tumba de Genoveva Barba, 1929.
 

Quizás lo más sobresaliente y significativo de las costumbres funerarias de nuestra región y particularmente del pueblo de Valle de Banderas, fue la elaboración de los ataúdes. Aunque las “cajas de muerto” generalmente fueron  hechas de madera “al natural”, en algunas ocasiones se pintaban de negro, blanco o rosa. Pero hubo en este pueblo quienes desarrollaron una técnica de arroz pintado para cubrir artísticamente los ataúdes, según relata el señor Armando García Robles, nieto de un prestigiado carpintero.      

“Mi abuelo Cástulo Robles, carpintero de Valle de Banderas, hacia ataúdes para las diferentes rancherías de la región. Nosotros, los nietos, pintábamos el arroz para cubrir los ataúdes, tanto de niños como de adultos. Para los angelitos, el arroz debía ser blanco con algunos dorados; cuando eran adultos, si era mujer, se pintaban de color de rosa o rojos y se decoraban con color azul o amarillo; cuando era hombre, la mayor parte era azul, con tramos rojos y amarillos. En algunas ocasiones se pintaban de verde para darle un poquito de colorido al cofre y no se viera tan fúnebre; pudiera decirse algo alegre dentro de lo que cabe la ocasión, atendiendo los gustos de los familiares. El arroz ya pintado se pegaba en la madera del ataúd, espolvoreándolo encima de una capa de brea fresca”.