Periodico Express de Nayarit
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CLAROSCURO: CARRIZO NORTE (1986) -SEGUNDA PARTE-

Rigoberto Guzmán Arce

2016 / 10 / 21

Las primeras instrucciones que recibí, debes entregarle el oficio de comisión al supervisor de la zona 2, Samuel Meléndrez. Él vivía cerca de la central camionera, nos firmó de recibido y nos aconsejó que nos dedicáramos a cumplir el horario y que ya después hiciéramos lo que nos pegara la gana. Bromista por cualquier cosa. Nos dio ánimo. Enseguida con mi mente revuelta y mi cuerpo desadaptado, arreglé mi maleta para conocer mi suerte.

Tenía que ir al pueblo desconocido para reunir la cantidad mínima que nos pedían de 25 alumnos inscritos sin importar la edad, jóvenes rezagados que ya habían terminado la escuela Primaria desde hace años mezclados con las que apenas terminaron sus estudios.

Me voy el lunes temprano a una ruta diferente que pocas veces recorrí. Fue en dos ocasiones cuando en la excursión de alumnos y el maestro Juan José García, de la Preparatoria a la ciudad de Guanajuato, pero de noche. Mi imaginación vuela veloz y voy haciendo planes de cómo hablarles a los muchachos y padres de familia.

Después de tres horas enfadosas llego a San Juan de los Lagos. Al revisar el mapa vi que era saliendo la ciudad con rumbo a Lagos de Moreno. Me voy a pie pensando que estaba cerca el primer crucero para Carrizo Norte. Camine y camine por el bordo de la carretera, me quise ahorrar el gasto del taxi y me arrepentí porque duré casi una hora de camino.

Estoy en la terracería hasta que pasa una camioneta que van para Encarnación de Díaz, conocida como La Chona. Me pega el viento despiadadamente y bajo todo despeinado en el siguiente crucero. Espero impaciente otro “aventón”, siempre al lado izquierdo. Pasa una familia y después de explicarles ellos me dicen que van para Halconero.


Voy contemplando la aridez del paisaje y las enormes torres de electricidad con la tristeza en mis ojos y el corazón a punto de llorar por la lejanía que cada vez se hacía más solitaria. A los diez minutos llego al siguiente crucero. Es un largo sendero rodeado de árboles que sirven como cercas  que limitan los sembradíos de sorgo. Llevo mis preocupaciones ordenadas de manera prioritarias.

El punto número uno es convocar a las personas para una reunión en la plaza si se puede en la tarde de hoy, elaborar la lista de alumnos y buscar hospedaje, dónde bañarme, cenar y dormir. Solo, me siento como un perro, sigo caminando hasta que hay una curva y otra vez la lejanía. Me acerco al poblado y una casa está a cincuenta metros de la otra. La pequeña iglesia en una lomita de pastizal seco. Hay un vacío enorme. No se ve nadie, ni siquiera un fantasma entre las casas de adobe, unas a punto de derrumbarse. El zacate amarillento.

Veo a un señor que lleva amarrado a su caballo sin silla de montar. Parece que llegué a Comala. Le doy las buenas tardes, extrañado me contesta que ahí enseguida vive don Toribio el delegado. Llego y toco. Me abre un señor fuerte, con bigote negro, pregunto por el delegado, me dice que pase, al que busco es su papá. Me informa que ya tiene en el puesto como cincuenta años. Les explico de manera concreta  en la cocina, los objetivos y los alcances de esta odisea de fundar una escuela Telesecundaria.

Se entusiasma y me dice que enseguida hay un pueblo más grande a unos cuatrocientos metros que allá hay más chamacos. Se llama El Jaral. Me lleva entre tupida vegetación hasta que avizoro el caserío disperso, aunado a dos o tres casas en el natural derrumbe: “es de gente que ya murió o se fueron para siempre, que es lo mismo”, voy sumando las casas que he visto desde mi lamentable y arrepentida llegada y no pasan de diez. Todas con sus corrales llenos de vacas.

El olor a estiércol que me trae el viento de la tarde me remonta a mis días de infancia y a la leche bronca de las misceláneas. Me lleva con el líder natural llamado don Julián. Es el que tiene la casa más bonita aunque descuidada. Por lo menos es de ladrillo y mosaico. Me lleva a recorrer para elaborar el censo y junto con los alumnos de Carrizo Norte ya llevo trece. Las familias se me quedan viendo como una bendición y los futuros alumnos con un cierto desdén por lo que vendría.

Les pido documentos y quedan de entregarlos durante la semana. Ya de noche nos regresamos a la casa de don Toribio y me dan de cenar frijoles y leche. La casa es de espacios separados: la cocina un solo cuarto y se sale uno para entrar a un cuarto, después se sale uno y rodea para ingresar al cuarto del delegado, antes está un cuarto cerrado. En la parte de atrás está el corral.

Abajo un río seco y la llanura. Me ofrecen un catre y allí estoy escuchando al anciano Toribio de sus redes familiares que abarcan a casi los dos pueblos; de sus años mozos; de los hijos; de que apenas les van a instalar la energía eléctrica. Con baterías para carros tienen un mecanismo para generar luz. Mientras está hable y hable voy siguiendo los retratos amarillentos que están clavados en la pared blanca de enjarre rústico.

El cuarto huele a sacos de hilillo, pastura, chiquigüite y machetes. A un olor de tiempos viejos. Su techo de carrizo y tejas. Otra vez me llega un viento de abandono y melancolía que me daban ganas de dejarlo todo y regresarme en esa noche por los cruceros.

Se escucha el ladrar de perros y el movimiento de las estrellas. Se apaga la luz y sigo con los ojos abiertos, la máquina mental en ebullición y el corazón latiendo de prisa. Mañana sigue la odisea de buscar alumnado en los pueblos vecinos… Continuará el próximo viernes.