Periodico Express de Nayarit
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HACE 22 AÑOS

Francisco Javier Nieves Aguilar

2016 / 09 / 19

 La pregunta de mi sobrina Bethy Ramos desvió mi vista y de inmediato me transporté hasta aquel mes de septiembre de 1994: “¿Cuando falleció mi abuelo”, inquirió. A partir de ese instante dejé de lado el artículo que redactaba, entrecerré mis ojos y opté por escribir estas cuantas líneas.

Resto mentalmente. Así me doy cuenta que han transcurrido exactamente 22 años de la partida de mi padre. ¡Jamás olvidaré aquel triste episodio!... Sombríos tiempos aquellos. Momentos difíciles, mustios.

Mi padre, Agapito Nieves, murió en Tepic, en la clínica del ISSSTE. De pronto tuvo una insuficiencia respiratoria, y esta complicación obligó a la familia a trasladarlo de Ahuacatlán a la capital del estado para internarlo en el mencionado hospital.

“¡Llévenlo a urgencias!”, nos habría dicho el doctor familiar. Con los nervios de punta llegamos a Tepic pasado el mediodía. Y, efectivamente, tras valorarlo, los médicos del ISSSTE dispusieron someterlo a Terapia Intensiva.

Casi una semana permaneció en esa área, en un cuarto aislado. Me tocó “velarlo” una o dos noches. De vez en cuando me miraba. En su rostro percibí un dolor indescriptible.

-¿Cómo se siente apá?– recuerdo que le pregunté-.

-¡Muy mal Polilla!  -así me decía-; creo que ya no nos vamos a ver-, me dijo, en tanto me apretaba con su mano.

Un par de lágrimas corrieron por mis ojos, pero para no inundarlo más de tristeza, opté por salirme dirigiéndome a la sala de espera. Era ya de madrugada y, coincidentemente, a esa hora solamente se encontraba en ese espacio un muchacho al que conocía como “el güero tacones”, residente de Ixtlán, quien a su vez “velaba” también a un familiar.

- ¿Qué andas haciendo por acá, Nieves? ¿Tienes enfermo a algún familiar -”, me dijo…

Le conté mis penas y entonces sí ya no me pude aguantar. Lloré, lloré y lloré, pensando en que el final de mi padre se acercaba.

Estuve con mi padre toda la mañana sin dormir nada, cuando en eso llegó mi hermana Gloria para “hacer el relevo”; y al filo del mediodía emprendí el regreso a Ahuacatlán a bordo de un autobús Norte de Sonora.

Después de casi dos horas me vi caminando por las calles de mi pueblo; triste, sumamente acongojado; y una cuadra antes de llegar al domicilio de mis padres noté mucho movimiento. La sangre se me congeló. Corrí, y cuando estaba a punto de traspasar la puerta, otro de mis hermanos me detuvo y me soltó la cruel noticia:

-Ni modo. Acaba de fallecer.

Me quedé estático. Luego me encaminé hacia el baño y lloré en silencio. Se había marchado mi padre, el hombre que me enseñó a leer, el hombre que me enseñó a crecer a través del sufrimiento, curándome las heridas y consolándome en mis lamentos.

¡Gracias apá. ¡Muchas gracias! por el ejemplo de la honradez, del entusiasmo y la calidez!; por los regaños y desacuerdos, por las verdades y descontentos.......

Gracias por enseñarme a dar de intensa forma y nada esperar, por los consejos y las caídas. ¡Por enseñarme cómo es la vida!