Periodico Express de Nayarit
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CLAROSCURO: CHACALA (1988) -SEXTA PARTE-

Rigoberto Guzmán Arce

2015 / 10 / 30

 Al cuñado Toto, doña Ema y don Chepe con el cariño de siempre

8.- Otra pasión que nos prendió el alma fue el juego de dominó. Yo lo veía en mi vida muy lejano y ya estábamos enfrascados en una de las dos mesas blancas que servían para comer en el campamento. En esta época no importaban edades porque todos jugábamos, pero sí había distingos porque los novatos pronto se levantaban y se quedaban otra vez de espectadores.

Era una maravilla enfrascarnos en las fichas de puntos y las mulas, cuando nos daba pánico que nos tocara la del seis porque no teníamos la mano. Entrar a las profundidades de ese volcán del lenguaje que se le ponen apodos a las piezas, “patas de chivo” a la mula del tres, “dientes de caimán” a la del seis, “la güera” a la del cero. Luego los nombres a las jugadas, “hay te va un cacalote” o “ponte guapo y te llevo al baile”, “deténmelos para salir” y lo que me fijaba que nadie se queda callado.

Yo que venía del mundo matemático del ajedrez que se juega callado tratando de concentrarse en la jugada del adversario y la propia, me extrañaba la perorata como una periquera y más cuando ya traíamos algunas o muchas cervezas en la sangre y en la mente, las reclamaciones de que se haya puesto tal o cual y que algunos no se admiten o reconocen sus culpas.

En el juego están los aciertos por los errores. Siempre intento jugar callado y que no me sulfure ante ninguna circunstancia. Me gustó porque el juego se ve inofensivo que no trasciende, pero al adentrarse cuando somos cuatro jugadores tomamos seis fichas y se quedan cuatro quietas a un lado.

Cuando somos tres jugadores tomamos siete y dejamos siete calladas sin participar en la guerra de la memoria, suerte y lectura el saber utilizar lo que escogimos, pero sufre uno cuando te tocan cuatro mulas. Las apuestas eran dependiendo de los ingresos, tanto el pase como la salida.

Antes de irnos a jugar volibol que poco a poco lo íbamos dejando por la vejez del cuerpo y la lentitud de nuestros pensamientos y luego agolpaba el martirio del sol. Preferíamos quedarnos en las sombras y más la de la palapa que la frescura nos encantaba y se hacía la jugada. Cuentan que yo me quedé jugando todo el día hasta el anochecer y se iban yendo y llegando jugadores y todavía inmerso en la ganancia.

No podía levantarme porque era de las primeras veces que iba ganando y esto era de lesa humanidad. Me gustaba ponerme en el lugar para contemplar el mar en sus diferentes intensidades. Saborear la bebida y  compartir con todos de los que ya he escrito. Se oía la caja que sonaba con las fichas y como si fuéramos el experimento de Pavlov estábamos listos para sentarnos en la mesa del casino de la playa. Cuando éramos muchos hacíamos retas y al perder ya no te tocaba otra ronda por la cantidad que esperaban

Llegaba también el tiempo de la baraja ya de noche con algún trago de licor sentíamos la brisa y la alegría de festejar las vacaciones en esas noches opacas. Estábamos tercos a que no nos quisiera “El Chilango” que entra finalmente a escena. Un tipo sagaz que sabía cómo hacer negocios y procuraba surtirse de cerveza que tantas veces nos las servía calientes porque compraba poco hielo o a lo mejor no se daba abasto.

Su risa tan irónica y sus frases para salir al paso y sobre todo las botanas que inventaba para reírse de nosotros que le pedíamos y buscaba con astucia darnos poco y malo. Por ejemplo, nos dio una norme charola de chicharrones y gustosos le pusimos chile y limón; se nos hizo agua la boca. Nuestra sorpresa fue que en la parte de arriba venían dos o tres piezas grandes y todo lo demás eran simples zurrapas.

Una vez nos dio pescados fritos con un millón de espinas cada uno o como la botana bandera mexicana: rajas de jitomate, en el centro huevos cocidos y chiles jalapeños crudos y enteros. Pepinos con el chile más horrible del planeta, hasta babeamos de enchilado, creo que le puso sosa caustica. Cuando le reclamábamos simplemente se reía y como cotorro real volteaba para todos lados.

Siempre buscaba cómo ganarnos la batalla del dinero. Sé que era el precio de darnos la hospitalidad de su lugar, pero nunca fue gratis, se le consumía tanta cerveza. Algunos se les ocurrió hacerle consumo de comida y ante el costo y la falta de calidad ya no fueron sus clientes del camarón o pescado. Yo esperaba a los vendedores de pepino, mango partido o los charales.

El otro fenómeno que cambió el campamento fue que Ignacio Aguiar llevó la primera casa de campaña, de esas que parecen coraza de tortuga amarilla, si es que hubiese. La compró para que durmieran sus hijas. Hizo el ejemplo la explosión esperada porque pronto nos llenamos de casas de campaña. Los de California empacaron las que usaban para ir a Azusa a acampar. Nosotros, el compadre David nos trajo otra y así se fue separando el colectivo de cobijas, de dormir arriba y abajo de camionetas, de sentir el sereno de las noches que de ser cálidas se tornaban amanecer frío.

Era un ritual subir las casas desde El Rosario, costales de cobijas individuales, yo sufriendo por mi almohada que se me olvidaba en Ixtlán. Ubicarnos en dónde se pondrían las grandes y las pequeñas, sacarlas de su costal y extenderlas, armarlas y sacar el costalito de clavos grandes o alcayatas. Se ponía la emoción en nuestra piel cuando por fin todos los miembros tenían ya su lugar bajo lonas para protegernos y procurar que no se calentaran durante el día.

Dejé de sufrir por los zancudos y mosquitos y se buscaba que la arena no fuera un problema. En esta época ya se incorporó Manuel Aguiar con su familia, vino a fortalecer los ronquidos. Nos sentíamos con bienestar en un campamento moderno e irreconocible de esa primera vez, muy diferente cuando fuimos aventureros. Seguía el otro fenómeno… Continuará el próximo viernes.              

PIE DE FOTO… Se envía una foto, sin pie de foto. Así hay que ponerla. Gracias. Nieves.