Periodico Express de Nayarit
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Claroscuro : La Roca (1966) -SEGUNDA PARTE-

Rigoberto Guzmán Arce

2014 / 06 / 20

3.-La niña de ojos negros y grandes se conmovía ante mi ayuda y pronto intercambiábamos miradas y trataba de ser simpático ante la cercanía de su mesabanco. Estaba ante ochenta centímetros de distancia y me sentía contento, porque la soñaba y aquí la tenía cerca. Mis ojos negros y grandes, con pestañas chinas, no podía estar en reposo sin contemplarla.

Sabía que vivía en la nueva colonia Cristo Rey porque bajaba por la calle Guillermo Prieto, difícil de transitar. Llegaba puntual y recién bañada que no me pude controlar en vista de tantas sonrisas que me prodigaba y ante su rostro de asombro le besé su boca como una muestra, una señal para que se diera cuenta que pensaba en ella y tenía un lugar seguro en mi corazón.

Corrió asustada con el maestro, ni me acuerdo de su infausto nombre, y se levantó enseguida y me jaló al frente con todo y mesabanco para voltearme y bajarme el pantalón y el calzón al mismo tiempo y golpearme con la palma de la mano derecha cinco veces para que fuera un escarmiento para mí y para todos que se quedaron quietos ante lo aterrador que fue semejante acción.

Así resolvió el desgraciado una tentación y la demostración de ternura, el gesto más humano cuando dos labios buscan afanosamente otros de su mismo calor, sin importar edades. Me equivoqué, quizás la sorprendí y le dio pudor ante mi osadía que me acusó. Estuve llorando toda la mañana protegiéndome mi rostro con mis brazos y pegado a la madera de mis actividades y tareas.

La niña avergonzada buscó después relacionarse conmigo y nunca más fue correspondida. Me cambié de lugar y hasta entonces no le hablo cuando algunas veces la veo en mi ciudad. Todavía con su mirada me pide perdón después de cuarenta y ocho años.

Enamorado de una de las Lalas (GALAXIA JIMÉNEZ 1967), acepté la invitación que no me hicieron y en unas tinajas de agua, no recuerdo si en Uzeta o Santa Isabel, y al atardecer, cuando faltaban unos minutos para el regreso, le pedían a sus admiradores que si lográbamos atrapar a una luciérnaga nos darían un beso y nos íbamos como locos a las partes oscuras del lugar. Me moría por un beso y jamás atrapé una porque me daban lástima mis futuras verdes luces.

4.-Llegó el sonido de las chicharras y eso representaba que se acercaban las lluvias y llegaban las chinchillas a poblar el cerrito de nostalgias y pronto la alegría de las vacaciones de verano. La escuela cerraba y nosotros éramos caminantes para el rumbo de los dos ríos achocolatados y rugientes en nuestra pequeña Mesopotamia.

Nos alcanzaban la lluvia y los relámpagos y como inocentes nos guarnecíamos entre los árboles sin saber de los peligros. Mis hermanas tienen un recuerdo de mi infancia que me describen exactamente: “eras un perro callejero… no podía estar quieto en la casa”. Me pegaba a los grandes para acompañarlos en los caminos lejanos y me devolvían a pedradas porque siempre fui el más pequeño y ellos andaban tras la aventura cuando caminaban por las vías del ferrocarril entre los rieles, los durmientes negros y las piedras cansonas.

Optaba por juntarme con mis amigos de la cuadra en la calle de dichas y pobrezas. Llegó el segundo grado y ya nos costaba trabajo levantarnos para asistir a clases. Mi maestra fue Paula Carrillo, en uno de los salones del lado izquierdo del enorme patio.

La escuela Benito Juárez fue fundada en 1964 y fuimos la segunda generación en ingresar. Lo que me impactó es ver la enorme roca que sostenía con una plataforma a un pequeño busto de un hombre de rostro correoso y adusto. Me interesó y le pregunté a mi madre sobre este personaje que se quedó con su tenacidad y ejemplo, aunque como todo humano tuvo su claroscuro; en mi memoria.

Recuerdo que se casó la maestra y faltó tres días por su luna de miel. Fuimos los más valientes o mitoteros para ver su nuevo esposo y desde lejos al fondo de su casa se movía y agarraba cosas de la cocina. Le decían “Chicho”, era vendedor de futas y verduras en una pequeña camioneta. La maestra nunca salió. Me regresé pensando que no era luna de miel, era una luna de verduras.

Mi compañero de lugar se llamaba Agustín, era hijo de un músico y vivían en la descrita colonia. Le tenía envidia porque hacía unos dibujos bien bonitos. Le salían hermosos los tejados y los peces sí parecían a los verdaderos. Los árboles con sus ramas que se distinguían y lo tupido de las hojas. Le pedía que los hiciera delante de mí para copiarle el estilo y los trazos. Los coloreaba siguiendo la misma dirección.

Tenía un hermano que era soldado en México y me contaba sobre que iba a ver una guerra. Me asustaban sus pláticas porque era muy serio y jamás dejaba de hacer una tarea y no le gustaba perder el tiempo y pienso que lo enfadaba por tanta “preguntadera”. Lo visitaba en la tarde en una esquina de la primera calle que corría  por  el norte al sur. Siempre vigilante de sus dibujos mientras su papá ensayaba canciones con su guitarra.

Me venía hasta el anochecer para llegar con mi abuela y cenar frijoles fritos con caldo y mi vaso de leche con una pieza de pan, mientras ella escuchaba el noticiero “Carta Blanca”. Me regresaba pronto a la casa porque le pedía permiso a mi madre para hacerle compañía a mi abuela.

El amanecer era maravilloso porque los gallos iniciaban su sinfonía ante el advenimiento de la luz y la pequeña ventana se iluminaba y ya estaba mi desayuno: un huevo con su yema amarilla y frijoles con queso, acompañado con el café con leche que todavía lo tomo en las mañanas.

Allí en ese año conocí  al “Aguilla”, venía de Tepuzhuacán. Su mamá era profesora y su padre laboraba como fiscal. Llegaron para quedarse un buen tiempo. Lo primero que noté es que era gastalón. Un comerciante nos visitó a los grupos para vendernos una especie de pizarrón portátil que podíamos escribir con un lápiz y le jalaba uno al plástico de la pantalla y se borraba lo escrito.

Mi amigo compró tres para hacer la tarea en ese objeto. Y cada cosa que se vendía lo compraba: una planilla para llenarla de estampitas y cuando no le salía en las decenas de sobres, la cartita que no era fácil que saliera, andaba buscando quién se la vendiera; compraba máscaras o pistolas de plástico.

Otra envidia porque a mí me daban cinco centavos para gastar o en veces un lonche de huevo y él traía como un peso, la moneda blanca, la que se deseaba tener para calmar el hambre o ir al cine, sentirse rico…Continuará el próximo viernes.