Periodico Express de Nayarit
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Crónicas del Viajero: Doña choco

Alex Haro

2014 / 03 / 27

-Doña choco, ya me voy a llevar mi moto...

-Está bien hijo,  hoy llegaste temprano.

-Sí. Es que alcancé el camión de las 5.

-Ahh, qué bueno. Y a usted, ¿qué se le ofrece?

Sus ojos azules me escudriñaron. Recién me había bajado de mi bici y las piernas me dolían del cansancio.

-Pues... ¿falta mucho para la caseta?

-8 kilómetros.

-Chale, pues es algo; ya vengo muy cansado, ¿ahí se podrá acampar?

-Pues yo digo que sí.

Era una señora de edad, generosa de carnes. Blandía un bordón para apoyarse y darle órdenes a “Guardián”, un can criollo de pelo oscuro y untado. El animal no me quitaba la vista y me mostraba con autoridad sus colmillos filosos.

-Hazte para allá, “Guardián”-, le gritaba doña Choco y le ponía enfrente el palo.

Pensé que, además que me faltaría una media hora más para llegar a la caseta, no sabía que tal estaría el ambiente. Aquí de entrada ya tenía a un guardaespaldas de respeto, había suficiente espacio para poner mi casita en cualquier lugar y la señora me podría vender de cenar. Creo que el lugar calzaba para instarme ahí.

-¿Usted me daría chance de poner mi casita de campaña por ahí? No soy guerroso, además le consumiría, no quiero quedarme a borde de carretera.

-Está bien, señor. Puede quedarse ahí abajo del techo ese.

Bien podría decir que me puse muy alegre, pero mi cansancio ni eso me permitía.

Me bajé de mi cordel de aluminio para inspeccionar el lugar, pero a “Guardián” no le gustó y se me lanzó.

Sentí la humedad de su hocico en mi pantorrilla, y los músculos  se tensaron, resistiendo la embestida. Ya sentía que el salvaje se llevaba un pedazo de mí, pero con un palazo sobre el lomo, propinado a tiempo con su bordón, doña Choco me salvó de interrumpir mi viaje en la Cruz Roja. Encontré una cama de madera tejida con cámaras de llanta, me dijo que podía dormir ahí, y a mí se me ocurrió poner mi casita sobre de ella, dormiría alejado del suelo y en blandito. Sólo conseguí medio balde de agua, pues aquí  siempre hay sequía me dijo mi nueva protectora. Así que hice milagros para bañarme y lavar mi ropa.

No vendía cerveza, punto menos al lugar, pero yo viajo preparado y saqué mi pachita de tequila para relajarme después del baño. Con el sabor del agave en mi boca pude apreciar los colores naranja y rosas del atardecer sobre las áridas tierras y el filo de la carretera. Doña choco me preparó de cenar carne deshebrada con papitas, frijoles, queso y tortillas de harina. Condimentamos la cena con historias de  carretera, unas mías y más de ella. “Por aquí pasa de todo,  pero sobre todo gente necesitada, y cada una es un episodio distinto”.

Hablaba pausado,  miraba fuerte y escondía su sonrisa, a veces tierna, a veces fría, pero siempre calma. Me recordó a mi abue, y más por las tortillas de harina.

Dormí como un pajarito, bueno pues, como un zopilotote, jaja. Dormí muy bien.

Y a las 7:30 de la mañana ya estaba lista mi trek  para continuar mi aventura.

-Muchas gracias, doña Choco. La pasé muy bien, espero verla pronto. ¿Me deja tomarle una foto?

- ¡Ja! No que foto, a mí no me gustan las fotos, que te vaya bien. ¡Dios te cuide! “Guardián hazte pa’acá, ándele, métase.

Doña choco dio media vuelta y se metió a su casa. “Guardián” me miroó sonriente y meneando la cola. Yo subí a mi máquina y con una cáscara de nostalgia inicié mi ruta. Hoy estaría en Navojoa, Sonora, a 850 kilómetros de mi tierra,  con el Dr. Ciro Pellugrini y su familia, quienes me recibirían como uno de ellos y me llevarían a conocer Álamos, un lugar fantástico....

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