Periodico Express de Nayarit
Inicio

Que no le digan, que no le cuenten

Francisco Javier Nieves Aguilar

2013 / 07 / 31

Entre el ocio y la faena cotidiana, los transeúntes van y vienen, de un lado a otro. Es lunes por la mañana, pero el tráfico de la avenida Hidalgo, en Ixtlán, no es tan tedioso. Los adultos mayores reposan en las bancas de acero mientras que las mujeres cargan sus mandados, van de compras o aprovechan el momento para zamparse una nieve de garrafa.

Se oyen gritos en la plaza. Algunos se detienen. A los pocos minutos se forma un grupúsculo conformado por no menos de 20 personas. Están atentos. Nada los distrae; solo piensan en las letanías de aquel hombre de complexión delgada y tez blanca.

El tipo habla mucho. Tiene el don de la palabra; pero más que eso, es un virtuoso del convencimiento. Hombres y mujeres se arremolinan ante él, muy valioso en su “performance”.

Dice que es poseedor de un “poder” heredado de sus abuelos. Muestra un vaso con agua turbia, sucia, cafesosa. Luego pide que le entreguen llaves para demostrar sus dones. Tapa el recipiente con un pañuelo negro y continúa con sus arengas.

No son pocos los que depositaron sus llaves en el vaso. Luego ofrece cuarzos milagrosos a razón de 100 pesos; “solo voy a favorecer a 15 personas”, afirma; “A ustedes no les va a faltar el dinero en su casa. Vamos a alejarlos de las enfermedades, de las envidias y el odio”.

Sostiene que va a hacer una oración por todos. Los peatones no pierden detalle. Parecen estar enajenados. Una mujer sonríe burlonamente. El tipo guarda silencio por unos segundos; mira fijamente a esa persona y dice: “yo he visto a muchos como tú, reír por el día y luego llorar por la noche”, palabras que bastaron para que esa joven se pusiera pálida y se le congelara la burla en el rostro.

A los pocos instantes muestra otra vez el vaso. El agua ya no está sucia. Parece transparente. Luego va entregando cada llave a su respectivo dueño.

A los pocos minutos pide a quienes le entregaron un billete – de a 100 pesos - que sigan los pasos de su asistente, una joven mujer de tez blanca también, chaparrona. Pero antes muestra unos documentos que resguarda en una carpeta especial; “Yo no vengo a engañar a nadie. Pago oportunamente mis impuestos y ni tampoco tengo necesidad de estafarlos. Gracias a Dios tengo mi patrimonio; y si ocupo dinero solo voy aquí al banco y listo”, afirma, y aclara que no es ningún brujo ni practicante de la magia negra.

“Aquí está mi licencia para trabajar, me lo entregaron aquí en la presidencia”, sostiene, mientras muestra el papel a un curioso; “¿Cómo dice aquí?, Ayuntamiento de Ixtlán del Río”.

Los que depositaron sus billetes siguen los pasos de la asistente. Cruzan la avenida Hidalgo, a la altura del semáforo de la plaza de armas. Dicen que en el cuarto de un hotel les va a otorgar una consulta para que el dinero no les falte, para regresar el amor del esposo o de la esposa, para alejarlos de las enfermedades y quien sabe cuántas cosas más.

El grupúsculo se va desarticulando poco a poco y la plaza de armas vuelve a la normalidad. Los peatones caminan para allá y para acá, en el trajín acostumbrado de Ixtlán.