Periodico Express de Nayarit
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Mis maestros; añoranzas

Francisco Javier Nieves Aguilar

2013 / 05 / 15



La maestra Pachita Palomares sobrepasa ya los 80 años, pero yo la veo igual que cuando me impartió clases en la escuela primaria José María Morelos. Fue ella la que me enseñó las primeras letras. Su paciencia y didáctica bien aplicadas dieron buenos resultados, pues pronto aprendí a leer.

El pasado sábado conversé con ella. Estaba sentada en el exterior de su domicilio, en la zona centro de Ahuacatlán. No encontró mucha dificultad para identificarme. Siempre se dirige a mi pronunciando mi apellido: “Nieves”.

“Yo pensé que no ibas a dar el ancho”, me reveló, recordando aquel septiembre de 1964, fecha en que ingresé a la escuela primaria. Dijo que era yo un chiquillo huidizo, panzón, cabezón, greñas paradas, ufff, pero afirma que se sorprendió al aplicar un examen de evaluación. En fin.

Pero bueno, hoy que se celebra al día del Maestro resulta ineludible hacer mención a esa mujer que me enseñó a leer, es decir a mi queridísima maestra Francisca Palomares; pero también traigo a mi memoria al profesor Francisco Copado, quien me impartió segundo grado. Con el aprendí a sumar y a restar, a dividir y a multiplicar.

En tercer año tuve varios maestros, Empecé con Francisco Sefó, luego siguió una maestra cuyo nombre no recuerdo, después otro profesor chaparrón que apenas sí duró una semana, para finalizar con mi estimadísimo profesor Juan Ramos Águila, quien recién había sido comisionado a la escuela Morelos.

La bien recordada profesora Paula Alonso fue la que me impartió el cuatro grado. Fue en aquel año cuando esta escuela se hizo mixta, pues antes de ello solamente se admitía a hombres.

En quinto no pude tener un mejor maestro: El profesor Ernesto Villarreal con el que aprendí mucha geografía y lo que entonces se llamaba Lengua Nacional; y ya en sexto me tocó el profesor Matilde Ramos, quien a la postre se convertiría en director de la misma escuela.

Durante mi paso por la secundaria recuerdo al profe Chabelo, a la maestra Sofía Ibáñez, a Marcelino Hernández, al padre Güereña, al profesor Chava Villanueva, a Servando O´conor y al mismo Juan Ramos, mientras que de la prepa no puedo olvidar al doctor Eugenio Robles – a quien por cierto acabo de saludar en la clínica del IMSS de la ciudad de Tepic, lo mismo que al doctor José Luis Vázquez, a Genaro Guerrero, a Rafael partida, El Chino Guardado, al doctor Pablo Hernández, entre algunos otros.

En la universidad me impartieron clases, la licenciada Delia Hernández de Solís, Juan Aguirre Chávez, los hermanos Miguel Ángel y Armando de la Rosa Pacheco, el Padre Chencho y el Padre Antonio Sánchez, y muchos otros más.

Para aquellos que de alguna u otra forma contribuyeron a mi formación educativa, expreso mi más sincero reconocimiento; pero no solo a ellos, sino a todos los maestros de aquí, de allá y más allá, hoy que festejan su día.

No obstante, yo soy de la idea que no solamente el 15 de mayo debemos recordar a quienes marcaron nuestra vida en las aulas, frente a un pizarrón o sentado en un escritorio impartiendo clase en las distintas disciplinas propias de la educación escolar.

Recordar a buenos y malos profesores es a menudo parte de nuestra vida. Puedo agradecer, este día, a aquellos maestros que me hicieron amar el aprendizaje, sobre todo a quienes me enseñaron a jugar con las letras y a darme cuenta que al unir una con la otra se pueden formar palabras cuyo sonido es grato al oído, palabras que conllevan emociones y sentimientos gratos y en ocasiones tristes y desoladores.