Periodico Express de Nayarit
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DE POLÍTICA Y COSAS PEORES : Un orgullo para México

Armando Fuentes Aguirre (Catón)

2012 / 07 / 24

Casó Simpliciano, joven candoroso, con Pirulina, muchacha con bastante ciencia de la vida. La noche de las bodas él preguntó, solemne: “Dime, mujer: ¿soy yo el primero con quien haces esto?”. Impaciente, Pirulina respondió: “¡Caramba! ¿Por qué todos los hombres preguntan siempre lo mismo?”... Bustolina Granderriére, vedette de moda, le dijo a una amiga: “Estimo en tanto mi cuerpo que aseguré mis bubis, mis piernas y mis pompis”. “¿Ah sí? -replica la otra-. ¿Y qué hiciste con el dinero?”... Al tomar el café de la mañana una joven esposa le comentó a su vecina: “Ayer mi marido me trajo un ramo de flores. Eso significa que estaré tres días con las piernas abiertas”. La otra se sorprendió: “¿Qué no tienes florero?”. (No le entendí). La tienda de conveniencia de Babalucas estaba cerrada. Le reclamó un cliente: “El letrero dice que está abierta 24 horas”. “Sí -reconoció el badulaque-. Pero no seguidas”... Entre tantas malas noticias una buena. La designación de Emilio Álvarez Icaza como secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos es motivo de orgullo para México. Miembro de una familia de la cual han derivado muchos buenos frutos para la comunidad, Álvarez Icaza ha sido siempre un tenaz luchador de buenas causas, y seguramente prestigiará a nuestro país en el desempeño de esta nueva, importante comisión. Muchas razones tenemos hoy por hoy para el pesar y la desolación. El nombramiento de Álvarez Icaza fortalece nuestra confianza en lo que los mexicanos podemos ser y hacer. Alguna vez hice un señalamiento crítico acerca de cierta declaración suya que consideré poco afortunada. Con la misma buena fe e igual buena voluntad lo felicito ahora por su designación. Enhorabuena... Doña Frigidia es la mujer más fría del planeta. En cierta ocasión leyó la novela “Los últimos días de Pompeya”, de E. Bulwer-Lytton, e hizo que en sus páginas se congelara el magma que fluía del ignívomo cráter del Vesubio. (A Bulwer-Lytton, dicho sea entre paréntesis, se debe la famosa frase: “The pen is mightier than the sword”, “La pluma es más poderosa que la espada”, frase cuyos términos cambió un pícaro que puso: “The penis, migthier than the sword”, indecente retruécano que no traduzco por miedo a lastimar la pudicicia de alguna amable lectorcita, temor que crece porque ignoro qué sea eso de “pudicicia”; no vaya a ser alguna parte muy sensible. Pero advierto que me estoy apartando del relato. Vuelvo a él. Sucede que una noche don Frustracio, que así se llama el nunca bien saciado esposo de doña Frigidia, le propuso a su mujer la mutua dación de cuerpos. Ella se negó a obsequiar esa solicitud: los niños podían oírlos. “¿Cuáles niños?” -clamó desesperado don Frustracio-. ¡Nuestro hijo tiene 30 años, nuestra hija 29, y ya no viven en la casa!”. “Me refiero a los niños de los vecinos”-precisó doña Frigidia. “¡Su casa está a más de 100 metros de aquí!” -se desesperó el infeliz esposo. “Es cierto-reconoció la señora-. Pero ya ves lo delgadas que hacen ahora las paredes. Hay que tener cuidado”. Juró y perjuró el lacerado que procuraría no hacer ruido. Doña Frigidia jamás lo hacía, pues en las rarísimas ocasiones en que accedía al acto connubial se limitaba a “laisser faire, laisser passer” -dejar hacer, dejar pasar-, actitud que había copiado del liberalismo fisiocrático. “Mujer -trató de razonar el pobre don Frustracio-, la última vez que lo hicimos fue cuando Porfirio Remigio, ‘El indio bravo de Toluca’, ganó la Décima Vuelta Ciclista de México, y eso fue en 1960”. “¿Y ya quieres otra vez? -bufó doña Frigidia-. ¡Eres un erotómano insaciable!”. Suspiró don Frustracio: “No me dejas más remedio que buscar los servicios de alguna mujer fácil de su cuerpo, a fin de sedar las naturales urgencias que siento, de la carne”. “Apruebo tu determinación -replicó doña Frigidia-. Tiempos de mucha dificultad son éstos, y es cosa buena dar empleo a las personas. Nomás no gastes mucho”. Don Frustracio ya no dijo más. Pensó que ciertamente su mujer no cumplía las demandas de carnalidad que la ley y la naturaleza imponen de consuno, pero al menos abrigaba ideas filantrópicas y de prudente economía, lo cual hablaba bien de ella. Y es que don Frustracio era un marido como todos, y acababa siempre por dar la razón a su mujer... FIN.w