Periodico Express de Nayarit
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De Política y Cosas Peores : Es preferible

Catón

2012 / 03 / 14

El novio de Susiflor, muchacha ingenua, se quedó estupefacto cuando ella, tan pronto se vio a solas con su galán en su coche, le puso delicadamente la mano en la entrepierna. Explicó Susiflor: “Me dijo mi mamá que no fuera a dejarme llevar por la pasión; que tomara la cosa con calma y con cuidado”... Empédocles Etílez, ebrio con su itinerario, llegó borracho a su casa aquella noche, igual que hacía cotidianamente. Su mujer lo estaba esperando en la puerta, con las maletas hechas. Le dijo que sus borracheras ya la tenían harta. Se iba de la casa; lo dejaba para siempre. El briago se echó a llorar desconsoladamente. “¡Por favor, Suplicia! -le rogó entre hipidos-. ¡Dame otra oportunidad! ¡Te juro por lo más sagrado que jamás volveré a tomar!”. Ella se conmovió al ver el llanto y compunción de su marido. “Está bien -le dijo con severidad-. Pero si vuelves a llegar borracho, ¿qué te hago?”. Respondió Empédocles, humilde: “Unos chilaquiles bien picosos, o unos huevitos rancheros”. “Mi novia es muy hermosa -le dijo Simpliciano a Afrodisio-. Tiene el cabello negro como el azabache; los ojos verdes como la esperanza; las mejillas tersas como la rosa; los labios rojos como la púrpura; los hombros blancos como el marfil; la cintura cimbreante como las palmeras. Etcétera”. Pregunta Afrodisio con tono de salacidad: “Y el etcétera ¿cómo lo tiene?”... Doña Jodoncia, esposa de don Martiriano, pasó a mejor vida. Al menos eso creyeron todos. Se equivocaban: cuando la carroza fúnebre que llevaba a la aparente difunta al cementerio dio un tumbo en un bache, la tremenda mujer volvió a la vida. Sucedió que un trozo de comida se le había atorado. Con el golpe que dio el vehículo se le salió aquel bocado, y ella respiró otra vez. Transcurrió algún tiempo, y doña Jodoncia falleció, ahora sí de veras. Al ir el cortejo funeral hacia el panteón, don Martiriano hizo que la carroza se detuviera cerca del punto donde había resucitado su mujer. Fue hacia el chofer y le dijo: “Por favor, señor, tenga mucho cuidado. A ver si ahora le puede sacar la vuelta a ese bache”... Sonoro nombre es el de Lucio Calpurnio Piso Cesonino, jurista de la antigüedad romana. Y más sonoro aún es el lema latino que inventó: “Fiat justitia, ruat caelum”. Cúmplase la justicia, no sea que se caiga el cielo. En términos menos altitonantes dice lo mismo el apotegma de derecho que postula: “Fiat justitia et pereat mundus”. Hágase justicia, aunque se acabe el mundo. Muchos indicios muestran, aunque existan dudas, que Florence Cassez tuvo parte en los delitos que se le imputan. Sin embargo todos los indicios muestran sin lugar a dudas que sus derechos fueron vulnerados en el curso de su aprehensión y sujeción a proceso. Es claro que el hecho de ponerla en libertad por efecto de esos vicios de forma traería muchas consecuencias indeseables, pero también lo es que condonar la violación de los derechos y garantías de una persona, así sea culpable, provoca efectos aún mayores, pues nos expone a todos a ser víctimas de abusos semejantes. El sentimiento popular, que algo de xenofobia tiene, y de chovinismo mucho, demanda la condena de esta mujer francesa cuya conducta la hace merecedora de todas las sospechas. No obstante, por encima de todas las sospechas y todos los nacionalismos está la recta aplicación de la ley, aunque de eso pueda derivar la falta de castigo a los culpables. Preferible es que un culpable quede libre por comprobados vicios de procedimiento, y no que se exponga a todos los inocentes a vivir en la inseguridad que provoca la falta de cumplimiento del derecho. El gerente del hotel le ordenó al encargado de mantenimiento: “De esos letreros que dicen: ‘Bienvenidos’, pon dos en la suite nupcial: uno en la cabecera de la cama, para que lo vean ellos, y otro en el techo, para que lo vean ellas”. (Nota: Yo digo que con tantas posiciones que hay ahora, más las que se acumulen la próxima semana, el gerente debió ordenar que se pusieran letreros por doquier). San Pedro habló con el Señor. “¿Recuerdas -le dijo- que permitiste que María Magdalena entrara en el Cielo? Aunque fue gran pecadora, sentenciaste, podía entrar aquí porque había amado mucho”. Contestó el Padre: “Lo recuerdo”. “Bien -le informa San Pedro-. Ahora las Once Mil Vírgenes están haciendo un plantón. Exigen que les des una segunda oportunidad”... FIN.w