Periodico Express de Nayarit
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Claroscuro : GALAXIA JIMÉNEZ (1969)  - OCTAVA PARTE -

Por Rigoberto Guzmán Arce

2012 / 01 / 27

19.-LOS DIABLOS.- Tres hermanos, Luís, Héctor y Bertha que extrañamente les decían los diablos. Al principio me daban miedo por el apodo tan duro de digerir y luego salían de una casa en penumbras. Vivían en la segunda cuadra de la calle y eran hijos de una señora viuda que vestía de negro.

Los comencé a conocer cuando Bertha invitaba a todos los pequeños a que cenáramos en toda una banqueta donde era la casa de Angelita. Partía jitomates y cebollas para que en pequeños platos nos sirviéramos frijoles y con pequeñas tortillas nos hartábamos hasta que en un largo tiempo de años aborrecí estas verduras y solo quedó el amor profundo por los frijoles.

Era el juego de la comidita, pero aquí se hacía nocturno el evento. Luís era de mi edad y Héctor cuatro años mayor que yo y fueron los primeros años de titubeos: les gustaban los hombres. En esa época era muy fácil que la sociedad los repudiara y luego decían que Bertha era lesbiana, para acabar con el cuadro.

No entendía tanto eso en mi mente, razonaba con el corazón, que ha veces me aturdían las burlas que recibían. Huérfanos y gay y lesbiana eran más nobles que los ángeles. Me quitaron el hambre por comida y amistad.

20.- TOPOLOBAMPO.- La señora Angelita, nuestra vecina de enfrente tenía varios hijos y un sobrino que la vino a visitar. Contó que era de Topolobampo y poníamos cara de sorpresa y de ignorancia en la era pre Google Earth, porque no sabíamos dónde carajos quedaba. Simplemente nos contestaba que para el norte y muchos kilómetros recorridos.

Lo que menos le importaba era darnos ubicaciones; él tenía otras prisas y otras preocupaciones, le valía un cerillo el turismo. Pronto nos invitó al río grande por el rumbo de la presa que está más debajo de las tinajas. Pensé que íbamos de día de campo con torta de huevo incluida gracias a la invitación.

Me imaginé que Angelita le había hecho temprano el desayuno sobrio y suculento. Fuimos como cuatro niños de la cuadra. Temprano nos reunimos en la esquina todavía con frío y nos enfilamos para el sur. No llevaba nada en las manos, solo los pantalones cargados en sus bolsillos de objetos misteriosos.

Primera decepción, no sacó siquiera un chicle bolita. Llegamos después de cruzar el puente de piedra y sembradíos húmedos. El viento de la mañana golpeaba nuestros cuerpos y para que se nos quitara el frío corríamos y abríamos los falsetes y en otras ocasiones nos agachábamos para que no nos cortaran los alambres de púas en los dominios de la tierra.

Cruzamos el agua y nos subimos a unas piedras gigantescas que parecían huevos prehistóricos. Dijo - aquí está bien para estar un rato -. Se escucha suave el paso del agua y a los lejos el motor de camiones pesados. Se metió las manos a los bolsillos para sacar tres cajetillas de cigarrillos. – Órale a fumar que nadie nos va a ver -. Y ahí estábamos atorándole a fumar para no quedar como un cobarde y menos con un muchacho que venía de tan lejos.

A mis ocho años demostraba aventando humo al por mayor, mi valentía. Primero nos aventamos una caja de Baronet, después otra de Delicados y la última Del Prado. Nos arengaba en todos los cigarrillos a que hiciéramos el golpe. Se me pegaba el cigarro en mis labios resecos. Todos acostados en los últimos cigarros mirando pasar las nubes.

Me regresé borracho y con el punzante dolor de cabeza que sienten los mensos. Llegando a la casa, vomité toda la valentía de color amarillo y el cuerpo oloroso a tabaco barato.  Todo el pedazo del día que faltaba estuve encamado y me daba vueltas el cuarto oscuro. Al amanecer siguiente huí a la casa de la abuela y nunca más quise saber del méndigo muchacho que venía de Topolobampo.

21.-EL PANECILLO.- Al regresar de la escuela presuroso comía para acompañar a mi mamá Lola en sus últimos dos años de maestra. Nos enfilábamos hasta topar la Allende y luego por toda la Zaragoza para en la última cuadra se doblaba por la Mercado. Grande la escuela de dos pisos y la multiplicación de niños corriendo, golpeándose y sin que les importara que llegaran los maestros con las varas hambrientas de nalgas.

La majestuosa, pero terrorífica escuela Narciso Mendoza, la del Niño Artillero. Estudiaba en la Benemérito de las Américas y por lo tanto era un “venenoso” y estaba en el dominio del que “te apesta el agujero”. Quería ser amistoso y desde arriba me veían como queriendo pleito cuando me preguntaban de mi origen escolar. Me salvaba la campana y ser hijo de la maestra.

Mudo quedaba de las sutiles explicaciones de mi madre con un fervor y una dedicación que rayaba en la nobleza. Pronto algunos niños le agotaban la paciencia cuando se ponían a pelear y se subían a las ventanas dando la espalda al pizarrón y aquí van los primeros varazos y luego a granel.

Mi madre llamaba  a la señora directora, la maestra Maura y los formaba, pensé que los iban a fusilar. De a uno por uno la directora los regresaba al mundo de la educación en lugar de andar papaloteando. Las varas eran el auxilio didáctico y eficaz a que recurrían en lugar de consultar a psicólogos que estaban a cinco horas por la carretera libre yendo para oeste y luego faltaba el regreso en la era pre Internet.

Llevaba en algunas veces mis cartitas para intercambiar con los niños y salía primero al receso para comprar paletas de limón y recorrer la escuelota.  Todo era parte de la ritualidad y de la mano mi madre me cruzaba, al regreso, la carretera para llegar en una de las pocas tiendas que vendían aparte de petates, los sabroso panecillos envueltos en celofán: el pan Napolitano con cobertura de chocolate y azúcar glass.

Delicioso regreso al atardecer que entre el horizonte de colores se iban quedando los niños desmadrosos y de la penurias de los meses que le faltaban para jubilarse a mi recordada y eterna madre dolores…Continuará el próximo viernes.