Periodico Express de Nayarit
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Mi querido Amatlán

Omar G. Nieves

2010 / 01 / 18

En el umbral de sus casas, los ancianos veían como llegaban los visitantes, quienes a su vez quedábamos admirados de observar un panorama que sólo en el cine de la época de oro vimos, en aquellas escenas donde en los pueblos de nuestro país las calles se adornaban con papeles multicolores, empedradas todas, previa limpieza que las amas de casa hacían del exterior, regándolas desde muy temprano.

El ruido del mariachi y de la banda, el murmullo en el jaripeo, los juegos de cartas y demás atracciones de cantina, eran para los gentiles. En el lienzo charro la flota la encabezaba el presidente municipal y sus aliados tricolores.

Por otro lado, los cohetones y las campanadas de la iglesia llamaban a los puritanos, aquellos que gozan más de la contemplación de un cielo azul y blanco. En el templo, el grupo lo lideraba nada más ni nada menos que el Cardenal Juan Sandoval Iñiguez.

El ambiente resultaba acogedor. Para los advenedizos nos era inverso el estar en tierra ajena, era como estar en casa, en familia.

Las mujeres mayores se dedicaban a lo suyo: cuchichear sobre los asuntos de otros. Tal cual el escribano que esto cuenta hace, pero sobre temas de interés general. Los señores que no acompañaban a sus señoras, deambulaban por las calles o por la plaza principal tambaleándose con aliento etílico. Los mozos, todavía influenciados por sus machos ancestros y sus congéneres de tierras jaliscienses, permanecieron en el baile de la plaza tomando licor y demostrado su gallardía, desde la indumentaria hasta en el dejo de hablar. Las bellas y afanosas doncellas movíanse al ritmo de la música, alegres por dentro, y sosegadas por fuera.

Entre la cultura que evoca al México tradicional, estaban los desarraigados, los que del todo aculturados por el vecino país del norte llegaron a su tierra para recordar viejos tiempos. Los más nuevos ya no correspondían a esta forma de vida, éstos se la pasaron en los cibercafés, en los hoteles, o simplemente se salían del pueblo en busca de otros quereres. Sin embargo, cierto hay en aquello que dice que “sin norteñitos la fiesta no es igual”. Otros pensamos que “sin paisanos simplemente no hay fiesta”.

Eran las ocho y apenas si se podía transitar por el centro. A las diez todo éste se multiplicó de gente. Pareciera que a los que ya había les hubiesen reproducido otros dos más.

Aprovechando la primera vez que tenía oportunidad de disfrutar las aguas termales muy de madrugada me fui al hotel. En las tibias aguas quedé adormecido, recostado en la superficie por más de media hora, que de no ser por la sumersión que me di, ahí hubiera despertado ya con el sol.

En dulce y profundo sueño quedé, hasta que un par de borrachos y escandalosos llegaron al hotel despertando a todo mundo. Como se trataban de los sobrinos del dueño, nadie pudo callarlos.

Pero ni lo anterior evitó seguir disfrutando de aquel apreciadísimo pueblo de doña “Toñita”. En la mañana que me propuse contabilizar a los “crudos” trasnochados, el apetito y aquellas tortillas torteadas  –que tampoco conté–  me truncaron el objetivo.

Llegué contento a casa con fotografías que ya circulé en internet. Pero sobre todo, con el profundo deseo de volver lo más pronto posible a mi querido Amatlán de Cañas. w