A un metro del amor y la desgracia

Omar G. Nieves

El amor y el desconsuelo me flanquearon a un metro de donde estaba sentado bajo un pilar en el aeropuerto de Guadalajara. A la izquierda una pareja se reencontraba y se decían con un cálido beso lo mucho que se querían. A la derecha un sexagenario sollozaba por el fallecimiento de su hijo, quien ese mismo día había perdido la vida en un duelo en ciernes de investigación.

Simultáneamente veía el vigoroso abrazo que se daban una mujer y un hombre; en tanto que, involuntariamente, escuchaba la conversación telefónica de aquel anciano que cargaba su celular en el mismo contacto donde yo tenía el mío.

La chica, una joven de mórbida figura, pasó primero con un ramo de rosas hacía el área de los arribos internacionales. Él, con las maletas en el piso, vio con complacencia cómo ella le pasó por un lado sin percatarse de su presencia. Era tal su entusiasmo por encontrarlo, que pasó de frente; enfocando su atención en el pasillo por donde aparecen nuestros seres queridos al cruzar la puerta que divide a los pasajeros de los anfitriones.

Diligente, aquel joven de tez morena, nariz amplia y barba entresacada, con facciones hindúes, siguió la marcha tras la voluptuosa mujer, que, sintiendo su mirada, tal vez su presencia, se dio la media vuelta y se fundió con él en un fuerte abrazo, como ya lo he dicho.

Mientras se veían, y susurraban al oído, aquellos novios permanecieron varios minutos desinhibidos profesándose variadas muestras de afecto, hasta que abandonaron la sala de espera. Yo, con un ojo al gato y el otro al garabato de mis conversaciones de Whatsapp, escuché al viejo expresar la primera etapa de su duelo: la negación.

“¿Cómo va a ser posible que esté muerto?”, le preguntaba el señor a su interlocutor, quien le corroboraba la infausta noticia y resultaría ser el mejor amigo del occiso. Y es occiso porque como lo define el diccionario, el infortunado acaecido fue ultimado a balazos en la ciudad de Atlanta, donde vivía.
“¡Pero si acabo de hablar con él! Ya le había dicho que tenía el vuelo para el 3 de mayo”, musitó gimiendo el señor. Quien enseguida le pidió al del otro lado del teléfono que se hiciera cargo de una maquinaria y el trabajo de mayordomía que su hijo tenía; pues todo parece indicar que el propietario del negocio era aquel desdichado anciano; un decaído adulto que aseguró que no descansaría de buscar al homicida de su hijo antes de morir. “¡Así sea lo último que haga; quien le hizo eso a mi hijo tiene que pagar!”, señaló con furor.

Quienes estábamos allí no sabíamos qué hacer. Pues la aflicción de aquel hombre se ahondaba más debido a que no pudo conseguir vuelos esa noche hacía Atlanta. Lo único que pudo percibir es que dormiría en el aeropuerto para tomar otro vuelo hacia Monterrey, para de allí viajar a su destino.

Antes de retirarme, no quise irme sin expresar mi pesar a ese solitario sujeto del que jamás supe su nombre y quien tampoco sabría del mío. Le estreché la mano porque ya estaba yo de pie, y él continuó abatido en la silla. Hubiese querido tener un contacto más estrecho, como el que se otorga en un funeral, pero cada palabra que le dije salió del corazón.

Tres veces me dio las gracias y me alcanzó a decir que su hijo apenas tenía 31 años de edad, como teniendo la corazonada de que casi tenemos la misma edad (35 años) y el mismo nombre: Omar.

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